El museo ha nombrado recientemente a un nuevo director. Miguel Falomir es un hombre de la casa de toda la vida. Nadie como él para guiarnos por los grandes secretos y retos de esta institución, que pronto cumplirá doscientos años. Por María de la Peña

Tenía nueve años cuando visitó por primera vez el Museo del Prado. Fue una tía suya la que lo llevó al museo en el que lleva trabajando 20 años. Todo un acontecimiento para este valenciano de nacimiento (1966), pero ‘conquense-veneciano’ de sentimiento. «Uno de esos recuerdos que quedan de por vida», dice.

Hace tres meses que Miguel Falomir es el nuevo director de uno de los museos más importantes del mundo; el primer director elegido dentro de la casa desde el año 60. Toda una carrera como brillante conservador de pintura italiana y los dos últimos años como director adjunto de la pinacoteca lo postularon como el candidato ideal después de la repentina renuncia de Miguel Zugaza, al frente del Prado durante 15 años de gestión.

Con un perfil mucho más académico que su antecesor, Falomir encara con ilusión los grandes retos de un museo que, a punto de cumplir su bicentenario, nunca había disfrutado de tan buena salud. Es el museo que lo ha visto crecer desde los 31 años, donde se convirtió, como dijo Zugaza, en «uno de los grandes historiadores del arte que hacen historia en un gran museo». Ahora, también está dispuesto a hacer historia. Nos lo cuenta mientras nos descubre los rincones de su Prado más íntimo y personal.

XLSemanal. ¿Qué tal lo lleva? Supongo que anda aún un poco revolucionado.

Miguel Falomir. Al principio un poco asustado, pero no deja de ser un honor dirigir una institución como esta. Con la tremenda ventaja de llevar aquí 20 años.

XL. ¿Por qué escogió los estudios de Historia del Arte?

M.F. Desde que tenía siete años sabía que iba a estudiar Historia. Y desde edad muy temprana sabía que quería dedicarme a la época del Renacimiento.

XL. ¿Cómo podía tener tan claro a esa edad lo que quería estudiar?

M.F. Llegué a la Historia por las películas de Errol Flynn, que marcaron mi vida. Veía Robin de los bosques, El capitán Blood y me hacían vibrar. Recuerdo ver las películas y después ir a la enciclopedia a buscar quién era Ricardo Corazón de León.

“Robin Hood marcó mi vida”

XL. ¿Sus padres alentaron esa curiosidad?

M.F. Me llevaban a museos. Pero toda mi familia viene del mundo del Derecho. Yo soy la oveja negra [se ríe].

XL. Cuando llegó al Prado, hace 20 años, el Prado era muy diferente. Y usted también debía de serlo.

M.F. Era un magnífico contenedor de pinturas, pero no daba los servicios que debe dar un museo del siglo XXI [no había audioguías ni cartelas en inglés…]. Ahora es mucho más ambicioso; el número de trabajadores ha crecido y el de los visitantes también. Yo tenía 31 años cuando llegué y era bastante pardillo [se ríe].

XL. ¿Cuáles son sus prioridades?

M.F. Por lo pronto, cubrir la plaza del Departamento de Pintura Italiana que he dejado vacante. Pero no es fácil porque el español es reacio a estudiar arte no español. Si no, tendremos que recurrir a buscar fuera de España. Yo siempre digo que esta es una profesión con índices pavorosos de paro, pero invito a los estudiantes a que abran fronteras. No hay nadie, por ejemplo, en estos momentos especializándose en Rubens o Roger van der Weyden.

XL. ¿Cree que el museo ha sido elitista?

M.F. Los museos siempre lo han sido y ahora estamos en el momento más democrático de su existencia. El Prado ha pasado de los 900.000 visitantes en los años ochenta a los tres millones actuales. Pero todavía las columnas de la fachada imponen demasiado respeto. Hay que ampliar la base social. El arte se puede disfrutar sin tener una preparación específica, es una cuestión de sensibilidad. Hay que venir relajado, dispuesto a pasarlo bien.

“Cuando llegué al Museo del Prado, tenía 31 años y era bastante pardillo”

XL. Con la democratización de los museos también ha llegado el turismo de masas.

M.F. Sí, está el riesgo de que la visita se convierta en un tormento. Cuando voy al Louvre, en la sala de Mona Lisa no puedes ni entrar; y la última vez en el Museo Británico me di la vuelta; ¡parecía una manifestación! Es uno de los grandes retos: que la afluencia masiva no vaya en detrimento de la experiencia. Yo todavía no he visto una respuesta eficaz.

XL. Philippe de Montebello -30 años como director del Metropolitan de Nueva York- dice que el Prado es el museo mejor gestionado del mundo. ¿Lo cree?

M.F. ¡Si lo dice Montebello! Hemos sido ambiciosos sin volvernos locos. ¿Cuántos museos han tirado la casa por la ventana para hacer unas ampliaciones maravillosas que los han llevado a la bancarrota? No nos hemos embarcado en aventuras en Abu Dabi ni en proyectos imposibles. No nos hemos dejado seducir por cantos de sirena.

XL. ¿Cuál es el llamado ‘método Prado’ del que hablan en otros museos fuera?

M.F. Cuando llegué al Prado, recuerdo un titular de la prensa extranjera que decía. «El Prado: el museo enfermo de Europa». Solo salíamos en los periódicos por goteras y todo tipo de desgracias. El cambio ha sido brutal. He asistido a cosas que si me preguntan que iban a pasar hace 20 años no me lo hubiera creído. He visto al Museo del Louvre venir aquí para asesorarse sobre cómo abrir todos los días de la semana, medida en la que el Prado fue pionero en Europa, y también a la Gemäldegalerie de Berlín copiarnos el sistema de cartelas. Eso antes era inconcebible.

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El despacho en el Casón del Buen Retiro: “Está aún poco vivido, porque Zugaza estaba en el edificio de oficinas -Aldeasa- detrás del museo. Apenas pasaba por este, pero yo lo prefiero; estoy más tranquilo”

XL. ¿Y cuál es el talón de Aquiles?

M.F. La financiación. A pesar de las limitaciones legislativas, al no haber una ley de mecenazgo, el Prado ha llegado en una década a un increíble 72 por ciento de autofinanciación a fuerza de poner la máquina a todo meter. La máquina está caliente caliente y puede aguantar un tiempo, pero en estos momentos necesitamos que la partida de asignación estatal crezca.

XL. En su toma de posesión, el presidente del Patronato, José Pedro Pérez-Llorca, dijo que el Prado es un símbolo irrenunciable. Es de los pocos consensos políticos que existen en España.

M.F. Sin el pacto parlamentario del año 1995, si no hubieran decidido un consenso todos los políticos que, además, han cumplido de forma escrupulosa, hubiera sido imposible para el Prado haber dado el salto que ha dado. Ningún partido político ha intentado aprovecharse de la institución para hacer política. En ese sentido, ha habido una gran generosidad. Debería haber un ‘modelo Prado’ de consenso para los grandes asuntos de este país.

“¿Cuántos museos han tirado la casa por la ventana y están en bancarrota? El Prado no se ha dejado seducir por sirenas”

XL. ¿Está de moda el arte antiguo?

M.F. La pintura antigua no está de moda. Pero, sobre todo, el arte anterior a Goya no está de moda aquí ni en ningún otro sitio.

XL. ¿Hay que remar a contracorriente frente a tantos museos de arte contemporáneo?

M.F. Es necesario intentarlo. Hay que conseguir que la gente venga y que no crea que esto es una anticuaria, sino que piense que tiene algo que decirle, que puede emocionarle. Es una institución que va a cumplir 200 años y quiero pensar que seguirá viva otros 200, pero tampoco podemos cambiarla por los gustos de cierta parte de la población porque te vuelves loco. Y tampoco puedes estar de espaldas a la sociedad. Hay que conseguir ese equilibrio.

“La financiación es nuestro gran talón de Aquiles. Necesitamos que crezca la partida de asignación estatal”

XL. ¿De ahí la importancia de incorporar el arte contemporáneo?

M.F. Es una de las muchas formas. Hay que invitar a otras miradas, pero no se puede mostrar arte contemporáneo per se porque para eso está el Reina Sofía. A mí lo que me interesa es que el museo siga siendo una fuente de estímulo para el arte contemporáneo. Lo fue para los artistas del XIX, para los impresionistas, para Picasso y tiene que seguir siéndolo.

XL. Usted ha dicho que el perfil de Zugaza no tiene nada que ver con el suyo. ¿En qué sentido?

M.F. Somos bastante distintos. Su perfil es el del un gestor puro, mientras que el mío hasta ahora ha sido de historiador del arte, excepto los dos últimos años como director adjunto. Nuestras trayectorias anteriores también son muy distintas. Una presencia más cosmopolita por mi parte, pero en lo esencial estamos de acuerdo.

XL. ¿A qué se refiere con una presencia cosmopolita?

M.F. En 1994 me fui a Nueva York, con una beca Fulbright, y allí conocí a mi mujer, que es de madre argentina y padre de Teruel, pero se educó y vivió en Estados Unidos. Soy valenciano de nacimiento, pero sentimentalmente ‘conquense-veneciano’. En Cuenca pasé mi niñez porque mi padre estaba destinado allí. En Cuenca y Venecia es donde he sido más feliz en mi vida.

XL. ¿Esa ambición de la que piensa que el Prado no puede prescindir, se traducirá también en el programa de exposiciones?

M.F. La mayoría de las exposiciones que ha celebrado el Prado han sido un rotundo éxito de crítica y también de público. Ese es el camino. Pero es posible que estemos haciendo más exposiciones de las que debiéramos.

“Ningún partido ha hecho política con el museo. Debería haber un ‘modelo prado’ para los grandes asuntos del país”

XL. Más que un museo de pintura o enciclopédico, el Prado es un museo de pintores, lo que provoca que existan notables lagunas dentro de la colección. ¿Qué ausencias le gustaría cubrir?

M.F. Siendo realistas, creo que hay cosas que no vamos a cambiar nunca. Por ejemplo, nunca vamos a tener una gran colección de pintura holandesa, nunca vamos a tener otro Rembrandt y, evidentemente, nuestra colección de pintura del Quattrocento italiano es muy difícil de completar. Puedes tener gloriosas incorporaciones como La Virgen de la granada, de Fra Angelico, pero son cosas contadas. No creo que el museo pueda paliar sus lagunas, yo creo, al revés, que tiene que hacerse fuerte en lo que tiene.

XL. Los museos son hoy más importantes que nunca, pero corren el riesgo de que la burbuja estalle…

M.F. Sí, nunca han tenido tantos visitantes ni han tenido tanta presencia en los medios de comunicación ni han movido tanto dinero. Pero algunos han entrado en una fase de ‘elefantiasis’, de crecimiento permanente. El Metropolitan es un ejemplo magnífico. Y sí, llega un momento en que la burbuja estalla. El Prado ha ido creciendo poco a poco. A veces no haces cosas tan espectaculares, pero a la larga es un crecimiento más sólido.

XL. ¿En qué otro museo se pierde? O realmente prefiere perderse en otro lugar que no sea un museo…

M.F. Le tengo mucho cariño a la Galería Nacional de Arte de Washington D. C. Viví allí dos años. Tiene algo del Prado. Uno de esos museos reposados, en el que puedes hacer una visita sin agobio.

‘Venus y adonis’, 1554. Tiziano

Sala de pintura italiana

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«Tiziano es uno de mis pintores favoritos y al que más tiempo he dedicado. Como dijo un inglés. ‘Tiziano es el padre del Prado’. Sin él no se explicaría la antigua Colección Real ni tampoco el propio museo. Conocerlo es la mejor manera de adentrarse en su ADN. Uno de los proyectos que, a pesar de haber asumido la dirección, voy a completar es el Catálogo Razonado de Tiziano. Me da vergüenza poner una fecha de conclusión. Llevo años diciendo que lo voy a acabar.
Venus y Adonis es una de sus mejores obras y una de mis favoritas, aunque los gustos van cambiando. La primera vez que vine al museo, a los nueve años, el cuadro que más me gustó fue La rendición de Breda, de Velázquez. Y todavía me sigue gustando mucho».

Sala de lectura de la biblioteca del Casón del Buen Retiro

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«Por aquí paso todos los días. El ambiente es maravilloso. Es el corazón intelectual del museo y donde vienen profesionales de la universidad, de otros museos… Es también una de las salas de lectura más bellas de España. Está cargada de simbolismo porque la pared central es donde estaba colgado el Guernica cuando llegó del MOMA de Nueva York. La modernización del Prado se ve también en su biblioteca, que era muy discreta hace 20 años y ahora es una de las mejores de pintura antigua».

‘Grupo de San Ildefonso’, siglo I d. C. Anónimo clásico

Salas de escultura clásica

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«Siempre me ha gustado el arte clásico y, en particular, el helenístico. La contemplación de la escultura clásica me produce una sensación peculiar en la que se aúnan placer estético, pasmo por la habilidad técnica y cierta atemporalidad.

Estas salas suelen estar vacías. La escultura está eclipsada por la pintura en el Prado y estas salas ponen en evidencia que el problema de los visitantes no es el número, sino que tienden a acumularse a determinadas horas y en determinados sitios. De los 3.150.000 visitantes que tuvo el museo el año pasado, es casi seguro que 3.145.000 pasaron por delante de las Meninas y a lo mejor unas 10.000 pasaron por delante del Grupo de San Ildefonso».