La meta es el olvido

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Me dispongo a preparar este verano una antología de la obra de la barcelonesa Elisabeth Mulder (1904-1987), cuya sombra llevo persiguiendo muchos años. A Elisabeth Mulder la descubrí hace ya veinte años, mientras buceaba en la peripecia biográfica de otra escritora de su generación, Ana María Martínez Sagi, a quien dediqué mi novela Las esquinas del aire. Aunque por entonces Elisabeth Mulder llevaba poco más de diez años muerta, pude advertir que era una escritora casi por completo olvidada. Aquel olvido, disfrazado a veces de condescendencia, a veces de desdén, se me antojó muy lamentable, pues lo cierto es que Elisabeth Mulder es una escritora extraordinaria, con novelas y cuentos que merecen figurar entre lo más granado de la literatura española de su tiempo.

Desde entonces he tratado de reivindicar la figura de Elisabeth Mulder, siempre en vano. En Las esquinas del aire le concedí gran protagonismo, desgrané los hitos de su vida y obra y hasta reproduje algunos de sus retratos más sugestivos (era una mujer de gran belleza y misterio). Y luego, en diversas ocasiones, le he dedicado artículos encomiásticos que han caído como piedras en un estanque lleno de lodo, sin que nadie reparase en ellos. Siempre me ha resultado incomprensible el desdén que esta escritora ha cosechado entre los fatuos estudiosos, que no la han querido incluir en sus panoramas sobre la literatura española del siglo XX y en cambio han jaleado a escritores infinitamente menos valiosos; y también me ha desconcertado la ingratitud de sus paisanos, que no le han dedicado ni un mísero callejón en Barcelona. Imagino que a esta calculada y metódica preterición haya contribuido que Elisabeth Mulder escribiese siempre en español; también que jamás manifestase adhesiones políticas que ahora pudieran favorecer reivindicaciones sectarias; y, desde luego, que jamás se adaptase a las modas imperantes en su época, desdeñando por igual los tremendismos ruralizantes y los existencialismos de medio pelo que practicaron los escritores de su generación.

Elisabeth Mulder es, por el contrario, una escritora delicada y elegante, con una capacidad de introspección psicológica fuera de lo común y un fondo atemperado de escepticismo que no encajaba con las efusiones carpetovetónicas que en su época de esplendor se reclamaban a un escritor de éxito; y tampoco con los aspavientos ideológicos que ahora se exige a un escritor olvidado para su rescate. Así que se quedó atrapada en una tierra de nadie que no hizo sino tragarla a medida que pasaban los años. primero durante la última etapa de su vida, en la que dejó de publicar; y después en los años posteriores a su muerte, en donde casi nadie se preocupó de reivindicarla. Hasta que su nombre se convirtió en una canción sin música, en una flor sin perfume, en un planeta sin sol.

En estos días, he estado buscando en las hemerotecas de los principales periódicos de la época las colaboraciones de Elisabeth Mulder, que fueron asiduas durante casi tres décadas en La Vanguardia y algo más esporádicas y guadianescas en ABC. Me ha impresionado mucho descubrir que a su muerte no se publicaron obituarios recordándola, ni ninguno de sus presuntos amigos le dedicó ningún artículo encomiástico, ni se le tributaron homenajes, ni se recordaron sus logros. Aunque había dejado de publicar casi veinte años atrás, permaneció hasta su vejez activa en la vida literaria, pronunciando conferencias, participando en tertulias y actos sociales, acogiendo a muchos compañeros que pasaban por estrecheces (ella, en cambio, siempre había llevado una vida razonablemente desahogada). Pero, llegada la hora de su muerte, nadie tuvo la delicadeza de dedicarle unas palabras agradecidas, unas palabras afectuosas, unas palabras meramente justas. Arrojaron sobre ella paletadas de silencio, para enterrarla más concienzudamente, para que su recuerdo se desvaneciese más pronto, para que su olvido fuese más aplastante y eficaz. Tal vez el recuerdo de Elisabeth Mulder los señalase y abochornase; tal vez, al evocarla, sus silenciadores tuvieran que enfrentarse a sus chaqueterismos infames, a sus servilismos abyectos, a su aplastante y cetrina mediocridad, que los empujó a ser abnegadamente franquistas con Franco y arrebatadamente demócratas con la democracia, españolistas y catalanistas, carpetovetónicos o cosmopolitas según dictasen las modas y las subvenciones. Y aquella Elisabeth Mulder, siempre quieta en su sitio, delataba sus cambalaches y componendas.

Ahora me propongo rescatarla del olvido, porque lo merece mucho más que la chusma que la silenció en la hora de su muerte. Feliz verano a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan.