Phoenix

MI HERMOSA LAVANDERÍA

En el aeropuerto de Phoenix, al que hemos llegado mareados por la charla del taxista y la temperatura insoportable, han suspendido todos los vuelos porque hace demasiado calor hasta para que los aviones despeguen, y la pista vacía brilla como un espejismo, como si de repente fueran a aparecer las caravanas de beduinos y las palmeras. Cuarenta y ocho grados centígrados. Desde el interior del aeropuerto se percibe el calor como un enemigo acechante, y la gente se agrupa cada vez más cerca de las fuentes de aire acondicionado. si te acercas a los cristales te quemas, como le ha sucedido a un pobre niño que gime mientras su madre saca el hielo de un vaso de coca-cola gigante y se lo pasa por las manos y la frente. Nunca, ni siquiera en el desierto del Sáhara, he sentido el calor como lo siento aquí, achicharrante, infame, inhumano, aterrador. Mortal. Estos últimos días, el Ayuntamiento ha lanzado repetidos mensajes para que la gente no salga de sus casas entre las doce y las cuatro de la tarde, como si a las cinco las cosas mejoraran. De noche, el asfalto devolvía el calor acumulado de día y un barrio de las afueras clamaba el récord de la nación: cincuenta grados centígrados a las nueve de la noche. Lo nunca visto. La temperatura más alta registrada en los últimos cien años. Ha habido más de mil quinientos ingresos en los hospitales por deshidratación. Cinco personas fallecidas por golpes de calor. Varios perros muertos después de que sus amos los dejaran menos de una hora en el coche con las ventanas cerradas.

En el bar de deportes, las pantallas gigantes emiten un partido de béisbol para los que se han apoderado de la barra, dispuestos a acabar con las reservas de cerveza hasta que los aviones vuelvan a salir. Las colas en el McDonald’s y en Starbucks son inacabables y flota en el aire un aroma mezcla de fritura y frapuccino. Huele a desesperación. Nadie sabe cuándo se restablecerá el tráfico aéreo y los empleados del aeropuerto parecen genuinamente desconcertados. Es la primera vez que el calor paraliza un aeropuerto en Norteamérica. No será la última. En el puesto de revistas, las portadas muestran a Trump en tanga; a Trump meándose en el planeta; al planeta, al nuestro, como un emoji con gafas de sol y brillante de sudor. Decido no comprar las revistas donde sale el hombre naranja en la portada. Compro The Guardian y después de la retahíla de acontecimientos horrendos en el Reino Unido, hay un artículo de Stephen Hawking hablando del 2020 como la fecha límite para poder reaccionar contra el calentamiento global. Pasado el 2020, no habrá vuelta atrás. Nunca he deseado tanto que Stephen Hawking se equivoque, pero hoy, aquí, siento y sé que tiene razón.

Miro a la gente que protesta o bosteza mientras vacía las máquinas de agua y pienso en todas las películas de zombis que he visto, cuando los supervivientes se refugian en un supermercado mientras los muertos vivientes aporrean los cristales. Pero ya no sé quién acecha a quién. Quién es el zombi y quién el vivo de verdad. No me siento especialmente viva hoy. En Phoenix.