Temprano en domingo

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Hasta ahora conocíamos de buena tinta la tentación que provoca la fiebre del sábado noche, el ansia, el vértigo, las ganas de pasarlo bien y olvidar que la semana está llena de días laborables. Quizá nos ha costado más familiarizarnos con la mañana de los domingos, que asociábamos desde la adolescencia con la resaca y la pereza. Pero hay otra fiebre más dramática que tiene lugar a esas horas. En muchas carreteras comarcales de España, bien temprano, los domingos se encuentran los aficionados al ciclismo, que han salido con las primeras luces y la fresca para recorrer algunos kilómetros, y los conductores que regresan del pasote absoluto en discotecas y locales, cebados de alcohol y drogas hasta las cejas. Son dos deportes distintos que coinciden de manera macabra y trágica en esas horas del alba. En las últimas semanas, a partir de la llegada del buen tiempo, la lista de ciclistas asesinados por conductores no deja de ser espeluznante y seguro que muchos se están preguntando alarmados si no es una maldición levantarse temprano para hacer deporte los domingos por la mañana.

Hace mucho tiempo que la cocaína y las pastillas suponen la promesa de divertimento más extendida y mejor promocionada. Los niveles de consumo en España nunca han sido motivo de escándalo, pese a que batimos las marcas europeas. La venta de estas drogas tiene ramificaciones nada escondidas con negocios paralelos de la noche y jamás ha existido una alarma social porque es un consumo de clases acomodadas, que carece del estigma de la heroína, pese a que los daños cerebrales son evidentes en una población cada vez más violenta y paranoica. En casi toda la vida delictiva se traza una línea directa con la cocaína y forma, junto con la prostitución, el gran surtidor de dinero negro en nuestra maltrecha economía. Cualquiera que tenga que utilizar el coche en la madrugada del sábado y el amanecer de los domingos conoce lo que es cruzarse a conductores amenazantes, de cuyos autos desborda una música estridente que hace retumbar la calzada cuando pasan a tu lado.

La idea de que esos conductores son asesinos no acaba de fijarse en nuestra mentalidad. Y quizá va siendo hora de comprender que el coche es una máquina de matar cuando al volante hay alguien irresponsable o pasado de drogas. Entre todos los avances tecnológicos que han incorporado los coches en estos tiempos, algo que sin duda dejaría pasmados a los conductores de hace años, casi todos tienen que ver con el confort, la conectividad y la seguridad pasiva de los tripulantes. Sin embargo, nadie parece tener demasiada prisa por incorporar elementos que protejan a los demás, que nos protejan del monstruo amenazante que es un coche en las manos equivocadas. El más útil de ellos sería aquel que logre incapacitar a un conductor bajo la influencia de sustancias tóxicas. Pero quizá no sea una idea tan comercial. Basta con mirar los anuncios de coches para entender que allí priman los valores de libertad, comodidad e independencia, pero casi nunca los de respeto al peatón, a la ciudad, al entorno. Solo la multa y la trampa policial nos provocan una falsa tranquilidad.

Mientras alguna de estas novedades tan útiles se impone o algo cambia por mero ingenio del ser humano para poner un poco de orden en las selvas que él mismo fabrica, me temo que vamos a seguir considerando la primera hora de la mañana de los domingos como un espacio para la tragedia en carretera. La diversión alcohólica que vendemos barato al turismo internacional no podía dejar de formar parte también de un modo de vivir nuestro. Si además los locales de diversión más atrayentes siguen situándose en la periferia de las ciudades para eludir mayor vigilancia y control de las autoridades, el cóctel mortal lo tenemos servido en horario fijo cada fin de semana. En toda esta demencial decadencia, los ciclistas son un invitado pasivo que lo único que pone es su vida rota, su inverosímil sacrificio al peligro. Así que ya hace años que deberíamos haber dejado de hablar de la fiebre del sábado noche para empezar a asombrarnos de la peste del domingo bien temprano.