Vladivostok

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Me dejan sumamente perpleja y llena de admiración las personas que programan sus viajes a años vista: de aquí a un año y dos meses, te cuentan, harán un viaje a Vladivostok para ver un festival de esculturas de hielo; ya tienen los billetes y las reservas de hotel y hasta el nombre del guía que los llevará a dar una vuelta por los alrededores de la ciudad, que dicen que son espectaculares. Nunca he sido capaz de nada por el estilo: me invade una sensación de opresión y desaliento paralizantes cuando he comprado un billete de avión a más de un mes vista (sí, ya sé que se consiguen mejores tarifas), o cuando en mi agenda aparecen eventos en los que se supone he de estar el año que viene. Pienso: ¿me apetecerá dentro de tres meses algo a lo que he accedido hoy? Y, sobre todo, ¿estaré viva?

Hacer planes a largo plazo es siempre una muestra de ciega confianza en el futuro: de aquí que los bancos, que claramente no confían en él, les nieguen hipotecas a los mayores de cincuenta años, a menos que sus propios hijos los avalen. Que unos chicos de veintiún años que no se han estrenado en el mercado laboral y poseen como único capital una consola Xbox estropeada y el carné caducado del Club Super3 sean aceptados como avaladores de hipotecas concedidas a sus padres es una prueba más, por si nos hacían falta, de la insania de unas instituciones financieras que un día, de la noche a la mañana, pasan de valer millones a no valer nada, como le ha pasado a la institución en la que tengo una hipoteca. Confieso mi absoluta ignorancia en temas de dinero y matemáticas (nunca conseguí entender la regla de tres ni los logaritmos), pero todos estos últimos vaivenes en el tinglado bancario me han llevado a hacerme varias preguntas que me están quitando el sueño. Porque, vamos a ver, si este banco que me concedió la hipoteca se vende por un euro, que viene a ser lo que cuesta una cajita de chinchetas en los chinos, será que los más de cien mil euros que yo le debo por la casa que nunca debí comprarme vendrían a ser como tres céntimos, ¿no? Bueno, seamos justos, pongámosle que son cinco céntimos. Ahora mismo podría saldar mi deuda. Podría llegar incluso a pagar dos euros y superar la oferta de esa otra institución financiera, a la que también debo dinero. Es un negocio redondo: cancelo la hipoteca, me quedo con el banco, lo dejo en manos de los trabajadores y me voy a mi casa, que ya no estará hipotecada. No entiendo cómo no se le ha ocurrido antes a nadie. Con lo que ahorraré, quién me dice a mí que no pueda ir a Vladivostok al festival de esculturas de hielo y a visitar los alrededores que dicen que son espectaculares.