Concursar entre trampas

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Las revelaciones sobre la participación de los servicios secretos rusos en la campaña electoral norteamericana para favorecer a Donald Trump frente a Hillary Clinton ya no son una brumosa indefinición. El relevo del jefe del FBI se produjo con vistas a detener esa investigación. Cada vez son más los gobiernos, como recientemente el holandés y el francés, que renuncian a las votaciones por Internet y convienen en que solo el voto presencial garantiza una cierta seguridad en el recuento. A medida que se avanza en el grado de sofisticación tecnológica, se avanza también en su manipulación. No se trata de vivir en una atmósfera de paranoia, pero, en un tiempo en el que el uso del móvil y el correo electrónico se revela inseguro, resulta imprescindible insistir en la protección de la intimidad. Los gobiernos carecen de estrategia para frenar las estafas y las invasiones del espacio privado, pero convendría recuperar el valor de lo presencial. Sabemos de estafas bancarias que adoptan todas las formas posibles, pero, cuando los bancos niegan el servicio personal a los clientes, es bien fácil predecir un futuro cercano plagado de incidentes, robos y engaños manejados a distancia.

Que un tipo en Málaga haya pasado 17 años cobrando en cajeros la pensión de su abuela ya muerta tiene rango de anécdota casi enternecedora, pero que por la misma incompetencia puedan saquearte tus ahorros o torcer cualquier votación popular no presencial resulta estremecedor. Sucede con los concursos televisivos de votación popular, demuestran la incapacidad del sistema para armar una defensa. La alargada mano de la trampa se adueñó hace tiempo del deporte. Sobre todo en su vertiente de las apuestas pactadas. Mientras el dinero sucio baña todas las instituciones deportivas, los anuncios de casas de apuestas en camisetas y clubes no provocan la menor alarma. Pero los amaños son un secreto a voces que a ratos se investiga, pero sin conclusiones penales. El público permanece indiferente. Disfruta del éxtasis de las victorias y luego se indigna, como mucho, con las revelaciones posteriores de los casos de dopaje. La trampa es ya una disciplina deportiva propia.

Las dos personas que ayudaron a destapar la trama de dopaje ruso viven como testigos protegidos cambiando de identidad y residencia en los Estados Unidos. Es casi una novela de John Le Carré, pero ahora el espionaje ya no se refiere a un difuso conocimiento de datos militares de los estados, sino a algo tan sencillo como la manipulación de la sangre de un ciclista, de un lanzador de jabalina o un esquiador, en el caso ruso organizado desde los propios laboratorios estatales. Fantástico material para novelas y series futuras que aún no está justamente explotado, salvo en los casos más espectaculares como el de Lance Armstrong y su dopaje endulzado bajo el relato heroico de su curación del cáncer. Sabemos que demasiados de los récords logrados en el deporte olímpico durante los años ochenta no se obtuvieron con limpieza. Habrá que reescribir los libros de historia deportiva, y nombres míticos que se han sucedido en el palmarés quedarán asociados a la asombrosa historia del dopaje. En España hemos padecido a esos deportistas hasta verles alcanzar responsabilidades políticas y siempre se ha sospechado que a las autoridades les complica demasiado la vida emprender una lucha encarnizada contra la mentira.

Tampoco parece importar demasiado, como pasa con los casos de compra de partidos de fútbol en el tramo final de nuestra Liga, es algo que causa vergüenza, pero que nadie quiere que se desvele si con ello se castiga a su equipo del alma. Al final es más conveniente callar y mirar para otro lado que generar una atmósfera de desconfianza. Es exactamente esa actitud la que marca nuestra relación con las votaciones a distancia, el desarme tecnológico, la intervención de correos privados sin orden judicial. Lo que sobresale por encima de todo es la generalizada pasividad de los ciudadanos ante la mentira, como si fuera un mal de nuestro tiempo con el que hemos de convivir, una contaminación ambiental. La primera norma para combatir un engaño es conocerlo y desvelarlo. Ser permisivos y confiar en la bondad natural de las personas, instituciones y canales nos condena a sus manejos.