‘Twin Peaks’

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Las series se han convertido en el libro de los que no leen, que son legión y se han subido al machito. No hay reunión gafapasta en la que no te den la tabarra con tal o cual serie mema o atorrante; y si reconoces no haberla visto te miran como si no hubieses leído el Quijote. En unos pocos años, las series televisivas se han convertido en la coartada del analfabetismo funcional que quiere dárselas de cultureta. Y, además, se trata de una coartada completamente transversal, que hermana a millennials y viejunos, progres y carcas, pijas y chonis, damas y caballeros (con todo el relleno de género que se quiera meter en medio). Toda una época ha hallado en las series televisivas el salvoconducto chorras para tapar su oceánica ignorancia.

Dicen que todo comenzó con Twin Peaks, la mítica serie urdida por el talento desquiciado de David Lynch, que acaba de estrenar una tercera temporada un cuarto de siglo después. Aprovechando el acontecimiento, he vuelto a ver la serie genuina, que allá en la juventud me hacía pasar las noches de claro en claro, pues la cadena que entonces la emitía fue arrinconando sus episodios en las horas más inhóspitas de la madrugada. Twin Peaks fue entonces lanzada como la serie que había revolucionado el lenguaje televisivo; y erigida en «objeto de culto» por la fatuidad intelectualoide, que tenía en Lynch a su mesías. Sin embargo, al público llano Twin Peaks le pareció un aburrimiento pretencioso; y pronto sus episodios ingresaron en un desván para insomnes y pajeros, con las películas sicalípticas de Gloria Guida y Edwige Fenech.

Al joven que yo era entonces lo sugestionaban mucho los aspavientos de la fatuidad intelectualoide. Así que me tragué Twin Peaks de cabo a rabo, aunque debo confesar que no había capítulo en el que no me quedase amodorrado. De este modo, la trama de la serie ganaba en surrealismo y alambicamiento, porque a los delirios urdidos por Lynch se sumaban mis delirios oníricos, en íntima e indescifrable amalgama. Por supuesto, aquellas cabezadas me hicieron perder el hilo de la serie, que de este modo se iba volviendo más turulata, abstrusa e incoherente. Pero yo me sentía orgulloso de verla, porque así me distinguía de mis compañeros de clase, más partidarios de los culos mollares de las mamachichos que de la cara de palo de Kyle MacLachlan.

Ahora, con el estreno de la tercera temporada de Twin Peaks, me he puesto a ver las dos primeras a horas menos intempestivas, para completar el recuerdo brumoso de aquellos trasnoches y madrugones juveniles. Tal vez lo más destacado de la serie sea su socarronería, que afecta tanto a su retrato de la existencia aparentemente plácida de la pequeña ciudad que presta su título a la serie como al tratamiento de la intriga que le sirve de argumento. Especialmente graciosa es la interferencia de elementos fantásticos en las pesquisas policiales; y la naturalidad con que visiones o sueños son incorporados como pistas fiables. De vez en cuando, Lynch brinda algún hallazgo de aliento preternatural que al principio resulta imprevisible y perturbador, pero que se vuelve más cansino y devaluado (por reiterativo) a medida que la serie avanza. A la postre, el tono general de Twin Peaks resulta más bien farragoso, mazorral, inepto incluso en alguna de sus tramas afluentes, salpimentadas además con un dudoso humor que a veces provoca vergüenza ajena.

Resulta interesante preguntarse por qué un producto tan desigual y, a la postre, fallido encandiló tanto a la fatuidad intelectualoide. Sospecho que en su día Twin Peaks fue elegida por el gafapastismo como una marca distintiva frente a la plebe: la estética bizarre y la narrativa delirante de Lynch constituían una suerte de barrera infranqueable para el vulgo; y todo postulante a ingresar en la cofradía intelectualoide (como el joven que yo era entonces) debía babear de arrobo ante Twin Peaks, aunque se amodorrase en cada capítulo. Veinticinco años después, aquella estética bizarre y narrativa delirante de Lynch ya no constituyen ninguna barrera infranqueable; pues han sido incorporadas al popurrí de fetiches culturales que aturde al hombre contemporáneo, convertidas ya en trademark vacuo y kitsch. Así que el seguidor de esta tercera temporada de Twin Peaks ya no podrá presumir de formar parte de una élite, sino más bien de una masa viejuna y nostálgica que se pone palote con vanguardias caducas.

Antaño, al menos, quien deseaba dárselas de vanguardista viejuno tenía que leer a Joyce (o, en versión carpetovetónica y ful, al difunto Goytisolo); pero vivimos en la época de las series, que son el libro de los que no leen.