Vuelven los viñadores

REINOS DE HUMO

Estaban ahí desde hace unos cuantos años; algunos, décadas. Se puede hablar de ‘nuevos’ solo en la acepción literaria de generación porque, aunque no todos son jóvenes, empiezan a reconocerse al mirarse y hasta se sientan a la misma mesa para compartir certidumbres, sobre la vida y la vitis vinifera, que hace no tanto parecían estrambóticas en este gran viñedo llamado España, en el que la enología moderna creyó que podía hacer el trabajo del campo en la bodega. Ya no son únicas ovejas negras en el rebaño. Su creencia en la tierra antes que en el acero empieza a dar frutos maduros, singulares, llenos de esperanza. Los hay como Álvaro Palacios, que hace ya muchas vendimias lograran añadir al mapa de los grandes vinos nuevas geografías como el Priorat. También jóvenes que se prendaron de un viñedo canario en un libro de historia y ahora le dedican su vida, o los que mantienen la memoria familiar recuperando los ‘majuelos’ del abuelo. Todos ellos siguen buscando el futuro en la memoria. La mayoría son desconocidos para los aficionados al vino de este país, pero auténticas estrellas para los de otros. Hombres y mujeres a los que les quitan literalmente de las manos las botellas fruto de su trabajo. Pero quizá hacía falta quien les diera nombre para hacerlos visibles, como tantas veces, quien, como ellos, recuperase del ayer una palabra casi en desuso para ganar el mañana: ‘viñador’. La paradoja poética es que el hombre que los invoca con su libro Los nuevos viñadores, Luis Gutiérrez, es el representante del mayor lobby mundial de vino, el mundo Parker, responsable en otra época de un estilo de vino a años luz del que ahora preconizan estos viñadores y él mismo, mucho más natural y personal, acústico, como diría Josep Roca.