El atardecer, más cerca

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Tengo una amiga que no ha perdido la fe en la humanidad. O sea que sigue buscando el amor en todos los sites que unen parejas, cruceros de solteros, reuniones de singles: hasta está pensando en presentarse a First Dates. Reconozco que no la disuado de ninguna de estas aventuras, porque constituyen para mí una inagotable fuente de esparcimiento vicario. No hay semana que no conozca a alguien nuevo que esta vez sí que parece la persona ideal, el ser humano que la cogerá de la mano y ‘bossanoveará’ con ella rumbo al atardecer, como dice So nice, su canción favorita. Pero las semanas pasan y un buen día, cuando la llamo, después de un rato de hablar de esto y aquello (desde el corsé de Wonder Woman hasta el último ensayo sobre el narcisismo que hemos leído al mismo tiempo), indefectiblemente pasamos al tema de su búsqueda del compañero ideal: «¿Qué fue del tipo con el que saliste hace un par de semanas? ¿Cuál? -dice ella-, ¿el del taller de aeromodelismo?». «No -digo-, el de la madre echadora de cartas». «Ah, ése… un perfecto imbécil». «¿Y el del taller de aeromodelismo? ¿Este es nuevo, no?». «Otro imbécil -dice-. Mañana salgo con un ingeniero belga, un tipo muy interesante, ya te contaré». Pasan los días y, cuando volvemos a hablar, el ingeniero belga ya ha sido olvidado y su puesto tomado por un camarero macedonio o un entrenador de yoga de Donosti. Que serán calificados ipsofacto de imbéciles o de cretinos. Admiro la capacidad de mi amiga de no renunciar a esta búsqueda incesante, de seguir en ella con una moral a prueba de bomba, inasequible al desaliento y siempre, en cada encuentro, creyendo que éste es el definitivo.

Por otro lado, estamos hablando de alguien bastante atractivo, perfectamente independiente, económica y socialmente, capaz de irse sola al fin del mundo y que, al menos aparentemente, no precisa de nadie más para sentirse «completa».

Muchas veces me he preguntado si algún día se le acabarán las ganas de buscar pareja, si se resignará a esta soledad en la que parece sentirse cómoda, pero de la que lucha por escapar. Sospecho que mi amiga ha convertido esta búsqueda en el motor de su vida. Un día, hace poco, me atreví a preguntarle si merecía la pena tanto esfuerzo y tantas cenas en sitios mediocres con hombres que no le llegaban a la suela del zapato. Su respuesta fue que por supuesto que sí, que lo importante no era el destino sino el viaje y que, tras cada desencuentro, volvía a su casa aliviada y confortada con la idea de que era muchísimo mejor estar sola que mal acompañada, aunque volvía a salir a la caza con ganas renovadas.

Me temo que en la residencia de ancianos a la que iremos a parar dentro de unos años, mientras yo aprendo, por fin, a hacer sudokus, ella continuará en busca de alguien con quien bailar bossanova hacia el atardecer, pero esta vez el bailarín tendrá una artritis de caballo y el atardecer estará mucho más cerca.