Espectros de independencia

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

La importancia del Festival de Cannes, más allá de la competición y sus secciones oficiales, radica en el mercado paralelo. Productoras y distribuidoras de todo el mundo se entrelazan para comprar e invertir en proyectos futuros. El festival es un motor de la industria. No tanto en su sección competitiva, que desde años está en manos de un comité que prima sus filias particulares, fomentando una especie de nómina de directores afines a los que sirve de escaparate. Pero alrededor del festival están los caldos donde se cocinan las películas que dirán algo durante el año. Por eso, en la edición de este año fue obligatorio posicionarse sobre el nuevo modelo de negocio, y las plataformas televisivas recibieron el mensaje de que si querían optar a los premios en el futuro tendrían que garantizar el estreno de sus producciones en salas de exhibición.

A partir de esa exigencia se ha sucedido un debate no siempre demasiado informado. Al contrario de lo que algunos piensan, el estreno en salas también forma parte del plan de mercado de estas películas producidas por plataformas como Amazon, Netflix, HBO. Son a menudo las salas las que no quieren simultanear sus pases con el evento televisivo para preservar su exclusividad. Si la película posee calidades cinematográficas, lo natural es que se le conceda un periodo de explotación en salas antes de ser consumida en pantallas domésticas. La verdadera matriz del problema no consiste en otra cosa más que en saber si las plataformas de explotación audiovisual doblegarán a las salas. Como ha sucedido con el mercado musical, los artistas y grupos han descubierto con algo de retraso que la solución a sus problemas de financiación no va a venir del mercado digital, sino que tarde o temprano tendrán que llegar a un compromiso racional de reparto de derechos para que no sean solo las actuaciones en directo las que garantizan la pervivencia de los grupos.

En las plataformas de cine sucede algo similar. Cuando ellas son las productoras de una película, el negocio es interesante. Se convierten en una empresa más que costea un proyecto. Cuentan con explotarla igual que las televisiones cuando financian una película en parte o en su totalidad, que viene siendo un modelo tradicional. Así Netflix no sería nada distinto a Antena 3 o Telecinco, salvo que su aspiración es a una televisión global y no solo nacional. El problema llega al tratarse de canales temáticos, sin otra programación que un videoclub variado. Pese a que la prensa no se atreve a indagar en las cifras ni a romper la opacidad absoluta de datos, la explotación de películas se lleva a cabo a un precio irrisorio. Por cada espectador en salas, una película recupera cerca de tres euros; por cada espectador en las plataformas, el ingreso de la productora no llega ni a un céntimo de euro. La cantidad que paga en concepto de derechos una de estas plataformas no daría a los productores ni para costear el catering de sus rodajes. Por lo tanto, pasada la novedad, es muy posible que veamos reducirse aún más la oferta de títulos, pese a que ya en España es ridículamente escueta y el catálogo de películas por visionar es pobre y uniforme en todas las plataformas.

El problema, pues, persiste. Las películas alcanzan su libertad de mercado cuando existe la posibilidad de recuperar la inversión mediante ventas y explotación comercial. A partir de esa premisa se puede caer en el fracaso o en el éxito, pero sin ello asistiremos a la dinámica ya cotidiana: grandes películas costeadas por cadenas de tele o pequeñísimas apuestas de riesgo filmadas con bajo presupuesto porque carecen de músculo para fajarse en un mercado rentable. El aumento de casas productoras con pantallas y suscriptores enriquece la cosecha, es una buena noticia. Pero el mercado del cine sigue, en cambio, herido de muerte si la producción es exclusiva para ellos. Por eso las salas de cine siguen garantizando, hoy por hoy, una mínima esperanza de subsistencia, de independencia, de margen para el accidente maravilloso de que los espectadores salven y engrandezcan una película hecha al margen de los canales. Estamos ante otro caso más de falsa apariencia de libertad, un dañino espectro que recorre el mundo comercial contemporáneo entregado a los latifundistas.