El padrino real

NEUTRAL CORNER

Cumplidos 45 años desde el estreno de El padrino, los supervivientes de aquel equipo creativo posaron para una fotografía en la que se notaba la descomunal ausencia de Marlon Brando, el mismísimo don Vito. Los demás estaban muy envejecidos, pero ello no nos impresionaba porque los hemos visto envejecer película a película casi como si fueran parientes de los que vienen a almorzar los domingos. Eso sí, en uno de esos almuerzos recomendaríamos a Al Pacino que asumiera la edad y no se hiciera cosas tan raras con el tinte de pelo y los peinados modernosos. Macho, estás mayor, qué se le va a hacer. Intenta llevarlo con la elegancia de Diane Keaton.

El padrino, que siempre fue la película favorita de los mafiosos verdaderos, aquella en la que se veían no como son, sino como querrían ser, es culpable precisamente de la fotogenia y la percepción entre sofisticada y episcopal que mucha gente tiene de una cosa tan sórdida, horrenda y antropófaga como la Mafia. Esa consideración positiva contra la cual han debido luchar siempre los periodistas y los fiscales que, con gran riesgo de su vida, y perdiéndola a menudo, formaron un frente anti-Mafia -cuyo embrión fue el pool palermitano de Chinnici, Caponnetto, Falcone y Borsellino, tres de ellos asesinados- en esa Italia que hasta comienzos de los ochenta ni siquiera reconocía la existencia de la Mafia y después tardó en dejarse extirpar ese pulpo que había penetrado -y penetra aún- el Estado hasta sus mismos cimientos. Con una agilidad tal que, extinguida la DC de Andreotti, que era su caballo de Troya intramuros del poder, tardó apenas unos meses en financiar la fundación del partido/coartada que debería servirle de herramienta en adelante: la Forza Italia de Berlusconi. Tengo reciente la lectura de un extraordinario libro de Joan Queralt, Crónicas mafiosas, que constituye una cruda vacuna contra las tentaciones de empatía cinéfila con los mafiosos. Arréglense, al leer esas páginas, para encontrarle el encanto de flor en el ojal a unos tipos oscuros, lombrosianos, rurales, endogámicos, analfabetos, malvados, que disuelven en un bidón de ácido a un niño de trece años para castigar a su padre. Hagan también un experimento. Tecleen en Google la palabra ‘Mafia’ y luego la palabra ‘Camorra’. Comprobarán que las imágenes derivadas de la primera son cinematográficas y elegantes, las de la segunda son horribles, explícitas y periodísticas. Ello ocurrió porque la gran obra que fijó la percepción de la Camorra, Gomorra, no la glorificaba precisamente ni convertía a los boss en virtuosos jefes de Estado por otros medios que acarician gatitos mientras atienden peticiones.

En la película de Coppola, y antes en el libro de Puzo, es frívola hasta la elección del nombre de la familia protagonista. Corleone, que es por excelencia una representación del pueblo tomado por la Mafia, es el lugar de nacimiento de Totò Riina, de Bernardo Provenzano, en definitiva, del llamado ‘clan de los corleoneses’, que declaró una guerra feroz, por la hegemonía total, a la Mafia de Palermo, coronada con la matanza de la avenida Lazio. Y que luego fue el que declaró otra guerra, esta terrorista, contra el propio Estado italiano, que a comienzos de los noventa trataba de limpiarse la corrupción masiva en Tangentópolis, de donde Andreotti salió escandalosamente absuelto. Por ahí desfilan verdaderos psicópatas, asesinos seriales, como Brusca y Bagarella. Esa Mafia, como la de Escobar, luchó a bombazos -como el que mató a Falcone- y equivocó el cálculo porque no esperaba tanto aguante por parte de un Estado habitualmente rendido a los mafiosos. De hecho, después de la captura de Riina, Provenzano ordenó un regreso al perfil bajo, a los asesinatos dosificados, a la complicidad discreta con el poder que, frenada la lucha anti-Mafia por Berlusconi, que así pagó los favores debidos, vuelve a constituir su naturaleza clandestina. Quien se haya creído lo de los gatitos acariciados y el champán, por favor, que lea a Queralt.