Entre majaderos

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Vuelve a suceder. Pasa tan a menudo que ya es rutina. Hace poco, un torero retirado insultó a los antitaurinos diciendo que no se lavaban. Me suele divertir mucho analizar cómo insulta la gente porque se definen a ellos mismos de manera muy sincera. El que llama ‘payaso’ se toma por un tipo serio. El que llama ‘gorda’ cree tener un físico ideal. El que desprecia la inteligencia del opuesto cree poseer una superioridad intelectual de la que carece. Y así hasta el infinito. La próxima vez que oigan a alguien insultar, siéntense a mirar al tipo, y comprenderán la ridícula sobrevaloración que hace de sí mismo. Supongo que alguien que dice de otro que no se ducha y va mal vestido lo hace porque cree que su ropa es elegante y su colonia disimula su olor corporal. A menudo, el concepto de elegancia es bastante subjetivo, no hay más que ver tanto anuncio de ropa hortera y sus usuarios felices por la calle, convencidos de que el anuncio tenía razón. Por desgracia, los valores del traje suelen limitarse a la tela y el corte, la persona que lo lleva no se impregna de ninguna grandeza ni calidad de marca. De hecho, los juzgados de España están llenos de acusados que creían que la corbata, la colonia cara y el corte de traje les iban a servir para disimular su espíritu de chorizos, ladrones y corruptos.

En esos mismos días murió el niño que se atrevió a soñar con ser torero mientras padecía una enfermedad grave. Su deseo, acogido con cariño por muchos profesionales taurinos, recibió de inmediato el castigo mediático habitual. Insultos, descalificaciones y burlas, que retrataron a los autores de esos mensajes mucho más que a la víctima y sus familiares. En ambos casos, los taurinos y los antitaurinos han corrido a desmarcarse de los que dicen ser sus representantes, porque nadie quiere que su argumento lo encarnen majaderos. Sin embargo, no es nada raro que el éxito de las salidas de tono se coma cualquier discusión valiosa, degradándola hasta el lodazal en el que se ha convertido la conversación pública. A menudo, cuando atendemos a alguna de las tertulias políticas y sus derivados, nos podemos reconocer cercanos a alguna de las posturas en liza, pero casi siempre nos avergüenza el modo con el que es expuesta y la encarnadura de quien se arroga su defensa. Se produce ahí la maravillosa paradoja de aborrecer a los que te representan.

En la mayoría de los casos, esto nos provoca una incomodidad tan brutal que nos evadimos hacia otro lugar. Ver representados nuestros intereses o afinidades por un estúpido nos obliga a modificar nuestra manera de pensar. Valoramos las formas, el modo de exponer una argumentación, la agilidad mental, la humildad, la capacidad de empatía con el rival, el deseo de ser entendido y no solo aplaudido. En resumen, ese instante de rubor nos obliga a un ejercicio tan sano que uno diría que casi debería estar recomendado por el médico. Sí, mire, de tanto en tanto le viene bien que sus ideas las represente un cretino, para desintoxicarse de razón. Este ejemplo de la polémica taurina es perfecto. Porque, de guardar alguna nobleza, ambas partes habrán de reconocer que sus razones han quedado desvirtuadas por estar encarnadas por majaderos.

Si extendemos esta desazón al ámbito público, dejaremos por un momento de tratar de buscar desesperadamente gente que esté de acuerdo con nosotros y nos centraremos en localizar a personas con las que discrepar, pero con las que uno está feliz de sentarse a hablar. Tanto en las redes sociales como en un ambiente crispado e irracional como el que vivimos, la búsqueda de tus fieles y tus cómplices es desesperada y agónica. Muchos sueltan sus ideas y propuestas para convocar la milicia de los suyos, no para entablar un diálogo persuasivo. Cada motivo de disputa se ha convertido en un combate sin rehenes, una excusa perfecta para cavar trincheras y dispararse a muerte. Quizá, gracias a ejemplos como los anteriores, deberíamos caer en la cuenta de que nuestro peor aliado es un majadero y uno prefiere disentir con alguien decente que estar de acuerdo con un descerebrado.