Álex de la Iglesia

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Álex de la Iglesia me ha prometido que se va a tatuar en la barriga el artículo que dediqué, en esta misma revista, a otro cineasta tan arrebatado como él mismo, Mel Gibson. De las promesas de Álex de la Iglesia no hay que fiarse mucho, pues también me prometió hace veinte años que iba a hacer una adaptación de mi novela Las máscaras del héroe y aquí sigo, esperando a Godot. Pero si un día Álex de la Iglesia se levantara dispuesto a cumplir sus promesas marchitas me conformaría con que se tatuara la frase final de aquel artículo, sustituyendo el nombre de Gibson por el suyo propio. «Preparaos, patulea, porque vuelve Álex y os va a partir la jeta a pollazos». Y como, además, Álex de la Iglesia es un gordo guadianesco que pasa de anchoa a ballenato y viceversa, la amenaza del tatuaje a veces se encogería, como un prepucio en cuaresma, y otras se alzaría amenazante como un garrote.

Decía que Álex de la Iglesia es tan arrebatado como Gibson; y sospecho que más tortuoso aún, aunque disfrace su tortuosidad de un humor feroz, casi caníbal, para regocijo de sus fans. Hay quienes piensan que Álex de la Iglesia es tan sólo un cachondo mental y un pedazo de friqui, porque ven sus películas sin percibir su fondo de angustia ulcerada, ese grito visceral de un alma que se ha asomado al precipicio para contemplar los sótanos o letrinas de la miseria humana, ese nido de culebras donde se burbujean nuestros pecados más sórdidos, macerados en el silencio de Dios.

El cine de Álex de la Iglesia es como una de esas camas tailandesas que ponen en algún chill out playero, donde uno se tiende a la bartola y retoza con sus amiguitas bolingas. Pero, de repente, esa cama en la que uno se las promete muy felices se trasmuta en el lecho de un faquir, erizado de púas que además están oxidadas y provocan tétanos (porque todas las bromas de Álex tienen una carga de profundidad muy cabrona e hiriente); y en ese lecho del dolor vemos revolcarse a sus personajes, dejándose trozos de tripa y de alma en cada púa. Hay un pasaje histérico y bizarre en el Manuscrito hallado en Zaragoza de Jan Potocki, la historia del endemoniado Pacheco, que es talmente como una película de Álex de la Iglesia.

A Álex de la Iglesia le gustan mucho los payasos que se despedazan entre sí sobre la arena del circo, repartiéndose guantazos y dentelladas, hurgando mutuamente en sus heridas hasta aniquilarse. El cine de Álex de la Iglesia es esa pelea de payasos que provoca risotadas entre el público, mientras por dentro la carcoma de la angustia lo va royendo, como un cáncer insomne. Y, para no oír esa carcoma, Álex de la Iglesia hace películas cada vez más desaforadas y trepidantes, rodadas con una pasión bulímica, donde las miserias humanas son abiertas en canal, como una res que muere entre mugidos atronadores, y expuestas ante los espejos deformantes del Callejón del Gato, con su cortejo de moscas zumbando en derredor, para regocijo del personal.

El cine de Álex de la Iglesia, que parece a simple vista casticista y grotesco, es la expresión última de un barroco que se hace macabro y circense, entre Valdés Leal y Miliki (pero un Valdés Leal y un Miliki que se lían a garrotazos sobre el barro). Y, como no podía ser de otro modo, es un cine de entraña españolísima, aunque se disfrace con convenciones genéricas foráneas, desde la acción adrenalínica hasta el terror de posesión diabólica. Y en esa entraña españolísima nuestros fantasmas cainitas bailan un rigodón macabro con el humor más despepitado. Todo ello contado con un estilo lleno de ruido y de furia, con ese brío que sólo tienen los gordos calcinados por la llama del arte, los gordos obcecados que han sudado la gota gorda hasta dejarse los kilos en el sumidero de su vocación. Álex de la Iglesia vive sus días nerviosos como un rodaje sin fin y sus noches en vela como un encierro en la sala de montaje. Si mañana le faltaran las películas, sus chillidos de animal cinematográfico resonarían como los de un cerdo en la matanza, rebotando en los agujeros negros y supernovas del espacio exterior.

Álex de la Iglesia también tiene algo de niño que se ha negado a crecer y ha sido castigado a cadena perpetua en el cuarto oscuro. El cine es su amado cuarto oscuro; y a él se abraza desesperadamente, como el niño castigado se abraza al único regalo que no le han arrancado de las manos, todavía empaquetado y envuelto en un lazo. El niño Álex desenvuelve confiado ese paquete y entonces lo sobresalta, propulsado por un muelle, un muñeco con los pintarrajos del payaso. Y el niño Álex ríe con una risa floja y lúgubre, mientras se muere de miedo y el mundo entero se muere de risa.