Regreso a la ‘preverdad’

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Hace poco, unos jóvenes estudiantes de Comunicación Audiovisual me obligaron a recapitular sobre las ideas de verdad. La enorme conmoción que supone que muchos electores prefieran una veracidad emocional sobre los hechos reales compone una imagen demoledora para el futuro de la democracia. Sin embargo, si uno se detiene a analizar la situación, le parece más fruto de una evolución que de una desviación. En España hemos vivido recientes casos de fraudes en la solidaridad. Padres que recaudan dinero con la enfermedad falsa de hijos, dolencias raras que sirven para colectas interesadas, venta de medicamentos sin ningún rigor científico, en todos esos casos se activa el enorme poder emocional de las personas, que pasa por encima de la realidad. Pese a contar con unos servicios de salud integrados y decentes, hay quien acepta que llevarse a una niña a cuevas ignotas para someterla a curas milagrosas merece una propina, un pellizco de su caridad. He ahí una forma de fe casi irremediable. Las personas nos movemos con un motor emocional que pasa por encima de nuestra razón. Algunas de nuestras instituciones más queridas se asientan sobre esa motivación pasional.

Ante la información de los atentados indiscriminados de órbita islamista, resolvemos que la solución es el cierre de fronteras. No existe discusión posible para quien tiene miedo y se siente acosado. Cuanta mayor sea la protección que se le ofrece, mejor. Incluso en las últimas semanas vengo oyendo en las radios un anuncio de alarmas que detecta y repele a los ladrones antes de que entren en tu casa. Prefiero no saber los métodos que utiliza, pero apela de nuevo a la cara emocional de los consumidores. Hace tiempo que las televisiones incluyeron en su programación unos espacios que reciben el nombre de realities. Se trata de simulaciones de la realidad interpretadas de modo veraz, que explotan las emociones desatadas, la rivalidad y la convivencia forzada. Es un modelo de televisión de altísima emocionalidad que se sustenta en la credibilidad que ofrece a los espectadores. Esto es verdad, no es ficción, se les dice. En muchos de los programas se procede incluso a la reeducación de jóvenes, de cocineros, de empleados que desde el fracaso absoluto reciben un tutorial de alguien con categoría profesional. Todos los episodios acaban bien y las familias se abrazan y los empleados y cocineros atisban una esperanza de futuro muy optimista, pero apenas nadie sospecha de que esos finales made in Hollywood delatan la manipulación conceptual al servicio del espectáculo sedativo.

A menudo, la realidad es sometida a los rigores de la autobiografía, de la autoficción, de la novela histórica. Se sirven de los sucesos reales para culminar tramas explicativas, psicológicas o conspirativas que vertebran una narración cuyo lema ‘basado en hechos reales’ es una etiqueta que permite exacerbar las fijaciones de los autores más que una veracidad. El final lógico de esa explotación de las verdades emocionales es reafirmarle a la gente en ese dicho de que la realidad depende del color del cristal con que se mira. Si los periódicos difunden las noticias en función del interés sesgado o de una simpatía ideológica, nada más natural que consagrar la posverdad como un concepto cínico y elástico del ‘todo es relativo’.

Los medios de comunicación parecen afectados por una crisis de fe parecida a la que sacudió los cimientos de las religiones con la explosión del pensamiento racionalista y las ideas de la Ilustración. Las religiones sobrevivieron apelando valores no tangibles, al más allá, a la trascendencia. Nadie cuestiona las religiones desde un aparato cerebral, todos saben que es en las emociones, en lo no empírico, donde se disputa el combate de la fe. Quizá la prensa debería reivindicarse como algo igual de trascendente. Un mecanismo impuro de limpieza y regeneración social cuya ausencia es mucho más dañina que su presencia incluso interesada. Asumir la matriz activa de la investigación frente a la propaganda y su reverso, la maledicencia, no es un reto fácil. La lucha por el prestigio en un frente amplio de descreimiento e intoxicación es dura, pero convierte el combate entre el análisis sincero y la mentira emocional en el más apasionante reto de la próxima década: la reivindicación de la verdad.