Ramón, Ramón, Ramón

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Se cumplen cien años de la publicación de Senos, el libro de Ramón Gómez de la Serna que en su día cabreó lo mismo a las feministas que a los puritanos. Yo, cuando todavía era mozo, rendí homenaje a Ramón con mi primer libro, en el que repetí la fórmula aunque bajase un poco el punto de mira; y volvió a sucederme exactamente lo mismo. Hay gentes que nacen amargadas; y necesitan envolverlo todo en los cilicios y mazmorras de su angostura mental.

Siempre he sido un rendido devoto de Ramón; y he vivido absorto en su juego malabar y palabrista. Dicen los petardos que Ramón es un escritor con prosa de sonajero; y también que su literatura es aburrida y empalagosa. A mí, en cambio, los libros de Ramón siempre me han parecido amenos como el paraíso terrenal; y tan dulces que me he quedado para siempre atrapado en su dulzor, como el niño lactante se queda atrapado en el sopor de sus digestiones, recostadito en la teta materna.

Ruano describió a Ramón con una imagen que vale por todos los tratados y exégesis que los especialistas han perpetrado a costa de su obra: «Todos los aciertos de finura de Ramón salen de un fondo gordo de agua gorda y vida gorda. Es como un botijo que pare inesperadamente porcelanas de Sèvres». Quizá Ruano, al ensayar esta definición, sólo tuviese presente la condición física de su autor (un tanto rechoncha o redondeada), pero yo prefiero pensar que la mención a tanta gordura proviene de una interpretación psicológica. Porque, en efecto, la obra de Ramón desconoce el andamiaje y la complicación intelectual; y todo en ella tiene una procedencia gruesa, rudimentaria y primitiva. Ramón pertenece a esa estirpe espiritual de escritores para quienes el contacto con la realidad no se realiza a través de operaciones mentales, sino desde la intuición candorosa e irreverente de la imagen poética. En Ramón, los sentidos (incluido ese sexto sentido suyo, que dispara greguerías con el vértigo de una ametralladora) no están sometidos a las facultades intelectivas, sino que empapan las cosas con la misma naturalidad con que el aire anega los pulmones.

Este procedimiento creativo, primitivo pero a la vez modernísimo, se extiende por igual a las greguerías y a las novelas ramonianas, pero quizá sea en libros como Senos donde alcanza su expresión más regocijante. Las greguerías de Ramón pueden llegar a resultarnos fatigosas, porque la novedad de sus imágenes se disuelve ante la reiteración de un mismo esquema; sus novelas pueden llegar a causarnos cierta sensación de agotamiento, porque poseen una textura gelatinosa que obstaculiza el avance de la acción. Pero en libros de naturaleza híbrida como Senos la escritura de Ramón ya no se halla subordinada al esqueleto más o menos ortopédico de un argumento ni tampoco se queda prisionera del mero chisporroteo de sus ocurrencias; y así logra brindarnos su nota más amena, un festín de palabras en desbandada donde nuestro autor puede destripar literariamente el mundo, como un relojero que en vez de trabajar con engranajes y ruedecillas lo hiciese con metáforas arborescentes que vuelven cuanto tocan perfumado y suculento.

Sabemos que Ramón era, por naturaleza y vocación, un coleccionista de monstruos y rarezas, un fetichista compulsivo que abarrotaba sus apartamentos con cachivaches y giliporcelanas varias. Esta misma impresión nos la causa su literatura, tan atestada de hallazgos que apenas puede uno rebullirse. Ramón no contempla los senos de las mujeres con mirada lúbrica, sino con guiño de poeta, como un xilofonista de metáforas que, a la vez que los acaricia y celebra, los envuelve en algodón de azúcar, en plumón de ángel, en dulcísimo almíbar, para que boguen en su salsa como melocotones orondos y brillen como madréporas o porcelanas de Sèvres. Ramón catalogaba los senos de las mujeres con la misma paciencia y la misma devoción, con la misma falta de lujuria y lubricidad, con que un anticuario cataloga estatuas de mármol venusinas, que también tienen senos, aunque el tiempo les haya mellado los pezones. Pero váyale a una feminista o a un puritano con estas delicadezas.

Creo que la novedad que aportó Ramón a nuestra literatura, su modernidad primitiva y fetichista, aún no ha sido suficientemente valorada. Ojalá su magisterio fecundo algún día sea reconocido, aunque sea dentro de cien años. Nada haría más feliz a un discípulo convencido como yo, que tantos homenajes explícitos o secretos ha rendido a su prosa, ese paraíso terrenal e inagotable.