«El día que me iban a practicar la cesárea, solté una carcajada al ver a mi marido aparecer vestido con bata de enfermero, con el gorrillo y los patucos desechables. Por Ben Hoyle

Todo se alargó mucho. Sonaba una música suave, como la que escuchas en un spa: arpas, guitarras…
‘¡Es un niño!’.

No sé cómo describir la expresión aparecida en el rostro de mi marido. Había visto su cara cuando se encontraba en el escenario de un estadio ante 48.000 fans vociferantes. Había visto su cara al recibir álbumes de platino y los premios más importantes. Nada de todo aquello podía compararse con la expresión de su rostro en ese instante, el instante en que se había convertido en padre.

Y entonces levantaron al bebé y lo situaron bajo las luces brillantes. No oí más que el silencio absoluto de mi marido. No hizo el menor sonido.

El intenso júbilo en el rostro de mi marido dio paso al terror más absoluto.
En las frías páginas de los manuales de medi-cina, el síndrome de Pfeiffer tipo 2 aparece descrito como un trastorno genético que causa anomalías esqueléticas y sistémicas. La craneosinostosis hace referencia al cierre prematuro de los huesos en el cráneo, lo que a veces da origen al llamado ‘cráneo en forma de trébol’, donde los ojos están situados fuera de las cavidades orbitarias. La braquidactilia es la fusión de los huesos en las manos y pies, que adquieren un aspecto palmeado o similar al de unas garras. La atresia anal es la ausencia del ano, sintomática de anomalías potencialmente mortales. Todo esto lo aprendí después. En aquel primer momento no podía entender qué era lo que estaba viendo.

‘Han vuelto a llevárselo al quirófano’, me dijo Prince unas horas después. Le habían cosido los ojos para cerrárselos. Lo habían entubado. Le habían aplicado ventilación. Estaban haciéndole un ‘nosequé’ exploratorio… Resultaba imposible asumir todo aquello.

Dos días más tarde, mi marido se marchó un rato a casa para ducharse y asearse. Durante su ausencia, hice que me llevaran en silla de ruedas a ver a mi hijo. Su piel era increíblemente suave. Tenía pegadas las articulaciones de los deditos, por lo que era incapaz de agarrar mi propio dedo, pero se las arregló para doblar su mano diminuta en torno al canto de la mía, aferrándose a ella con todas sus fuerzas. Mi marido volvió. Temí que se enfureciera, pero no fue el caso. Se sentó en el suelo, con el cuerpo apoyado en mi rodilla y se puso a susurrar y canturrearle cosas a Amiir. Así seguimos durante horas seguidas.

Hubo más intervenciones. Prince se negó a que nuestro hijo estuviera a solas en el quirófano.

Cada día surgía una nueva complicación. Al cabo de seis días tenía problemas para respirar. Pregunté al médico: ‘¿No va a salir de esta, verdad?’.

Evitó responder y pasó a hablar de medidas más invasivas, entre ellas una traqueotomía. Yo cada vez estaba más histérica.

‘¡Lo que están haciendo es torturarlo! ¡Mi hijo no puede vivir así!’. Mi marido me llevó a un cuarto contiguo e hizo lo posible por calmarme. Nos abrazamos con fuerza y nos pusimos de acuerdo. ‘Si lo desconectan de esa máquina y puede respirar, seguiremos luchando. Si no es capaz de vivir sin la máquina… quizá es mejor que no esté aquí’.

Volvimos y hablamos con los médicos. Trataron de reconfortarnos y vinieron a decirnos que habíamos tomado la mejor decisión posible. Quizá, pero no nos sentimos mejor. Firmamos unos papeles y acordamos a qué hora le quitarían el soporte vital. Me enviaron a casa. Los analgésicos y el Valium hicieron su efecto, y me sumí en un sueño oscuro.

Al despertar, oí el timbre de un teléfono. Mi marido vino y dijo. ‘Ya está hecho. Le han retirado los tubos’.

‘¿Cómo? ¡No! ¡Se suponía que yo iba a estar a su lado!’.
‘No sabía si ibas a poder resistirlo’.

El teléfono volvió a sonar. Prince respondió. Colgó y dijo. ‘Se ha ido para siempre’.
Pasamos casi todo el día siguiente abrazados, llorando.