Los científicos, en principio, lo tienen claro: los celos son una reacción evolutiva natural que sirve para preservar la especie. Sin embargo, si es así, ¿por qué a veces se vuelven patológicos y destructivos? Se abre el debate. Por Priscila Guilayn

De pronto, alguien se convierte en el centro de nuestro mundo y la actividad química de nuestro cerebro cambia. Estamos enamorados. Aumentan la dopamina y la norepinefrina: la primera focaliza nuestra atención en quien nos ha robado el corazón y nuestros pensamientos; la segunda acrecienta nuestra capacidad para recordar nuevos estímulos: ¿qué ha dicho?, ¿me ha mirado?, ¿y cómo…? Esta tormenta emocional hunde a su vez la producción de serotonina, un neurotransmisor vital en la estabilización del humor y en la inhibición del enojo, de la agresividad, de la temperatura corporal, del sueño…

Los pensamientos obsesivos se acentúan; hay pasión emocional y euforia, pero si algún obstáculo para la relación surge, por mínimo que pudiera parecer visto desde fuera, los sentimientos se superdimensionan, más aún cuando ese obstáculo se nos presenta bajo las formas de un tercero. Entonces sí, ante la posible irrupción de ‘otro’, de un competidor que nos eclipse, los celos entran en escena. Y, técnicamente, hasta aquí llegamos: después, al analizar las muy distintas reacciones que las personas tenemos ante el desagradable y punzante sentimiento de no sentirnos también nosotros el centro del mundo de quien lo es para nosotros, los interrogantes se multiplican. Los científicos llevan años dándole vueltas a los mecanismos que expliquen las reacciones celosas, pero no encuentran bases fisiológicas claras ni, desde luego, una cura sistemática para los casos más preocupantemente patológicos en los que las posibilidades de violencia impulsiva se elevan a veces hasta niveles de suceso policial.

Todos estos síntomas como los repentinos y abruptos cambios de humor, otro efecto de la dopamina son típicos de la primera fase amorosa. Pero también, hoy lo sabemos, de los celos. «Cuando nos acostamos con alguien y no lo amamos, no nos importa realmente si también se acuesta con otros dice la antropóloga Helen Fisher, autora de varias investigaciones al respecto con técnicas de neuroimagen. Si estamos, en cambio, enamorados, pasamos a ser realmente posesivos. En la comunidad científica lo llamamos ‘vigilancia de la pareja’». Y tiene, como veremos, razones evolutivas.

La mayor fábrica de dopamina el neurotransmisor que focaliza en algo o alguien nuestra atención es un área del cerebro que forma parte de nuestro sistema de recompensa, en el cual se regulan también el miedo y la adicción. Es allí, en el área ventral tegmental, donde surge la poderosa motivación que nos hace perseguir a la pareja ideal con la que perpetuar nuestro ADN. Porque eso, el afán de reproducirnos del mejor modo posible, estaría, según la biología evolutiva, en la base de los celos: en el temor a la infidelidad, por parte de los hombres, y al abandono, por la de las mujeres.

Los celos suelen provenir de un trauma afectivo en la infancia que se manifiesta en la vida adulta en los momentos de crisis

«Mientras los celos masculinos tienen un fondo más sexual el hombre teme que la esposa se acueste con otro porque eso pondría en duda su paternidad de los hijos de los que cree ser padre, los celos femeninos son más afectivos: si el marido crea un vínculo emocional con otra mujer, ésta puede motivar su marcha, logrando que él deje de proveer así al hijo que ya tiene con ella», explica Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor del libro Emociones e inteligencia social. «Sin caer en determinismos agrega, está demostrado que la neuroquímica influye en las conductas asociadas a las emociones y el amor, cuya bioquímica forma parte de la estrategia de la naturaleza. Nos enamoramos para ser más eficaces reproduciéndonos. Así, también los celos y la sinceridad tienen su función evolutiva: los primeros hacen más difícil la infidelidad; la segunda nos vuelve fiables como socios.»

Celos y sinceridad tienen su función evolutiva. Los celos hacen difícil la infidelidad; la sinceridad nos vuelve ‘socios fiables’

«Por eso mismo acota Fischer, el amor romántico es también muy peligroso: lleva consigo una gran felicidad y una gran tristeza, ya que, si se nos rechaza estando enamorados, hay hombres y mujeres capaces de suicidarse o de matar a su pareja.»

¿Por qué entonces una reacción evolutiva se pervierte hasta lo patológico en algunas personas? Aquí la cuestión se vuelve mucho más compleja, ya que los celos patológicos no se desencadenan exclusivamente por un temor al rechazo motivado por la aparición de una tercera persona, real o imaginaria. Las causas son diversas e incluyen la educación recibida, los trastornos de personalidad, la paranoia, el alcoholismo, etc., factores asociados que a su vez provocan sus respectivas reacciones químicas y acaban sumándose en el cerebro a las antes descritas. En estos casos, el fantasma de la infidelidad es capaz de transformar a una persona hasta lo insospechable: las mujeres tienden a caer en una profunda depresión, mientras que los hombres suelen ser más poseídos por la ira. «Y así como no hay un origen biológico de los celos, tampoco hay un tratamiento específico, biológico o psicológico para tratarlos, sin olvidar que los celos ‘normales’ no necesitan cura», explica Enrique Echeburua Driozola, catedrático de psicología clínica de la Universidad del País Vasco y autor de Celos en pareja: una emoción destructiva. «Sí se tratan, una vez identificados, los trastornos subyacentes que pudieran estar alimentando unos celos patológicos y acabar llevando a conductas como espionaje, acusaciones infundadas, interrogatorios e, incluso, al asesinato.»

En esos casos es preciso asumir pronto el problema y buscar ayuda. Se salvarían literalmente vidas: en 2008, en España hubo 121 muertos por violencia doméstica; el 74 por ciento eran mujeres. Araceli Santalla, hoy portavoz de la asociación Vive Sin Celos, estuvo cerca de sumarse a esa estadística. Durante diez meses vivió con un hombre que parecía tener doble personalidad. Si estaba bien, era la pareja perfecta; si lo atacaban los celos, un monstruo. Tras semejante experiencia, pasó nueve años estudiando ese enfermo afán de posesión. «Los celos pueden ser resultado de un trauma afectivo en la primera infancia que se manifiesta en la vida adulta en los momentos de crisis explica. Un trato inconstante por parte de los padres crea niños inseguros: es decir, entre los cero y los cuatro años de los niños, cuando algunos papás actúan de manera incoherente. A veces parecen amarlos, llenándolos de cariño, y otras los tratan con indiferencia o agresividad». Esa inseguridad, con el tiempo, puede reforzar unos celos que excedan lo normal. Es posible evitarlo.


PARA SABER MÁS

 Emociones e inteligencia social, de Ignacio Morgado Bernal (Editorial Ariel)

Asociación Vive sin celos