Aunque de vez en cuando nos piquen, producen miel y jalea real, polinizan los campos y levantan la agricultura. Y las estamos perdiendo. Más nos vale que este homenaje a las abejas no sea póstumo.

Albert Einstein dijo muchas genialidades a lo largo de su vida. Una de ellas, poco conocida, fue: «Si las abejas desaparecieran de la Tierra, el ser humano sólo podría sobrevivir cuatro años». Y razón no le faltaba. Al menos el 30 por ciento de toda nuestra alimentación depende directamente de ellas. Y su tarea polinizadora asegura también la supervivencia de muchos ecosistemas en todo el planeta. Pero desde hace unos años su número se está reduciendo drásticamente. Una cuarta parte de los enjambres norteamericanos ha desaparecido sin dejar rastro, y en algunas zonas la cifra llega al 90 por ciento. En Europa estamos empezando a notar el mismo fenómeno: la población de abejas de Alemania se ha reducido a la mitad en los últimos 25 años, y las cifras en España llevan el mismo camino.

Sospechosos del crimen

Los científicos aún no saben qué causa la desaparición de las colmenas, pero apuntan a tres sospechosos:

Pesticidas. Los que se usan para tratar las semillas son muy dañinos y cada vez más potentes. En China se han empleado tanto que la polinización se tiene que realizar a mano. Los científicos están desarrollando especies de abejas resistentes a ellos.

Ácaros. La generalización de los monocultivos especializados o la acción de un parásito sumamente dañino, el Varroa destructor, un parásito que se alimenta de la hemolinfa de las abejas, provoca a estos insectos malformaciones, infecciones y la pérdida de la capacidad reproductiva de los zánganos.

Radiaciones. La telefonía móvil altera los sistemas de navegación de las abejas. Hace unos años un estudio elaborado por la Universidad alemana de Landau concluyó que el 70 por ciento de las abejas sometidas a radiación es incapaz de volver a la colmena.