Eugenia de Montijo, mujer excepcional, emperatriz de Francia durante el difícil reinado de Carlos Luis, sobrino de Napoleón

Tuvo la condesa Eugenia de Montijo una existencia extraordinaria, que empezó en Granada un 5 de mayo de 1826, durante el reinado de Fernando VII, y se cerraba 94 años después con su muerte en el madrileño palacio de Liria. En medio, casi un siglo, que en su primera mitad la elevó al trono de Francia y en la segunda la convirtió en viuda, desconsolada madre y gran dama de la sociedad inglesa.

En 1850, a los 24 años, Eugenia conoció en París a Carlos Luis Napoleón, presidente de la República, de 42 años. Este ambicioso político, sobrino de Napoleón Bonaparte, disolvió la República y se convirtió en el emperador Napoleón III. Bien porque la española fuese difícil de convencer, bien porque estuviera muy ocupado, pasaron tres años hasta que consiguió el sí de la condesa. Cuentan que estaba ella en Las Tullerías asomada a un balcón cuando el emperador se asomó a otro; en medio había un tercero, que correspondía a la capilla. Él le preguntó: «¿Cómo llegar hasta usted?». «Por la capilla, señor», replicó ella. No fue por la capilla, sino por la catedral de Notre Dame de París, donde se casaron en 1853.

Su catolicismo militante la llevó a a poyar al partido ultramontano y jugar un importante papel en los vaivenes de la política francesa

Tres años más tarde nació Eugenio Luis, el único hijo del matrimonio, pero su cuidado no fue la ocupación única de la emperatriz, que reinaba en los salones de París, en las fiestas campestres de la corte, en las obras de caridad… Todo era poco para llenar su ambición y agotar su energía. Su catolicismo militante la llevó a apoyar al partido ultramontano y jugar un importante papel en los vaivenes de la política francesa, pues actuó como regente cuando su marido estaba con sus ejércitos en Italia y Argelia. Su última regencia tuvo lugar en 1870, con ocasión de la desastrosa guerra con Prusia, que significaría el final del Imperio. Su marido se llamaba Napoleón, se apellidaba Bonaparte y era emperador, pero militarmente fue una caricatura de su genial tío y acabó barrido por los prusianos. La derrota francesa supuso el exilio, en Gran Bretaña, de la familia imperial. Luis Napoleón falleció en 1873 y el príncipe Eugenio Luis, voluntario del Ejército en Suráfrica, murió en una emboscada zulú en 1879. Desde entonces, en su larga viudedad -41 años-, Eugenia se dedicó a erigir los monumentos funerarios de su esposo e hijo y a ocuparse de sus relaciones filantrópicas y sociales.


La caridad imperial

Napoleon III y Eugenia de Montijo

Eugenia llegó al trono impresionando a la sociedad francesa. Con ocasión de su boda, el Ayuntamiento de París le ofreció un regalo de 600.000 francos, que aceptó sólo como fondo inicial para una obra benéfica. A lo largo de su reinado fundó un orfanato, una sociedad crediticia que concedía préstamos a los pequeños empresarios, el asilo de Vincennes, centralizó bajo su jurisdicción las instituciones dedicadas a la infancia y transformó las cárceles de niños en escuelas agrícolas donde se les formaba como trabajadores. A su mediación se debió un indulto político que liberó a unos 3.000 encarcelados por los disturbios revolucionarios de 1848.