Un equipo de investigadores ha dado la vuelta al mundo a bordo de este catamarán tradicional, sin instrumentos ni tecnología: se han guiado con las olas, el viento y las estrellas. Su viaje ilustra cómo los polinesios hace más de mil años conquistaron el Pacífico… ¿y otros océanos? Por Johann Grolle / Fotos: Bryson Hoe (The Polynesian Voyaging Society / Oiwi tv) y Cordon Press

Cuando Nainoa Thompson condujo la Hokulea por la compuerta de la última esclusa del canal de Panamá, aún le quedaba por delante una travesía de más de 15.000 kilómetros. Sin embargo, tenía la sensación de haber llegado a casa.

El mar al otro lado del canal de Panamá es mayor que todos los continentes de la Tierra juntos, pero, para Thomas, el océano Pacífico -con las innumerables islas que lo salpican- son aguas conocidas, el hogar.

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Tras cruzar el canal de Panamá, el catamarán Hokulea puso rumbo a las islas Galápagos y después se dirigió a la isla de Pascua. Fueron jornadas de buen viento

Tahití, Samoa, Tonga, Vanuatu… Este hombre de 64 años ha navegado con su canoa de doble casco, la Hokulea, por todos los rincones comprendidos entre Alaska y Nueva Zelanda. Durante los últimos 40 años ha recorrido 185.000 kilómetros a lo largo y ancho del Pacífico. Aunque esta vez ha sido diferente, ya que el viaje del que regresa es una vuelta alrededor del planeta, su primera travesía de este tipo.

Thompson desciende del pueblo navegante de los polinesios, que en tiempos colonizaron la pléyade de islas repartidas desde Nueva Zelanda hasta Hawái. Después de tres años y más de 75.000 kilómetros recorridos, la Hokulea por fin navega de vuelta a casa. Llega así el fin de una aventura extraordinaria. Y es que la Hokulea, de 19 metros de eslora y dos mástiles, no es solo una reproducción fiel de los catamaranes con los que los polinesios conquistaron el Pacífico. Su tripulación también se propuso navegar de acuerdo con las tradiciones. A bordo no estaban permitidos ni la brújula ni el sextante, tampoco cartas náuticas o el GPS. Incluso los relojes. Solo las estrellas, las olas y el viento les han indicado el camino.

Durante mucho tiempo, los expertos han creído que era imposible recorrer los mares navegando de esta manera. Los capitanes de la Hokulea primero demostraron en aguas del Pacífico que se equivocaban. Ahora, con esta vuelta al mundo, su tripulación acaba de probar que también es posible cruzar otros océanos sin instrumentos.

Aventura peligrosa

Pero no ha sido fácil, de hecho ha sido una empresa arriesgada: «La más peligrosa de todas las que hemos llevado a cabo», dice Thompson. Sus hombres y él se enfrentaban a aguas desconocidas. El navegante jefe de la expedición dedicó seis años a estudiar los sistemas climáticos del océano Índico, las corrientes del Atlántico Sur, la endiablada geografía del cabo de Buena Esperanza. Solo tras esta preparación se creyó capaz de guiar su embarcación alrededor del globo.

Un equipo de 200 personas (12 de ellas, a bordo) ha participado en la expedición

El equipo de la Hokulea está formado por más de 200 personas, aunque a bordo solo viaja una docena. Al llegar a puerto se releva a parte de la tripulación. Para estos navegantes del Pacífico, navegar por mares desconocidos ha sido un continuo desafío: cambios atmosféricos poco habituales para ellos, olas de siete metros, nieblas impracticables… En el Pacífico, nunca se había encontrado con nada parecido.

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Sin relojes
La tripulación de la Hokulea ha prescindido de instrumentos. Se han guiado por el propio mar, las estrellas, los vientos y las aves marinas. Ni siquiera tenían relojes

Pero la circunnavegación del planeta no estaba pensada solo como una aventura, era también una advertencia. Malama Honua es el nombre que los organizadores de la Polinesian Voyaging Society le dieron a la expedición. En hawaiano significa: ‘Protege a la Isla Tierra’. La Hokulea ha
sido portadora de un mensaje para la humanidad basado en la propia historia de los polinesios: las islas son delicadas, por eso hay que ser muy cuidadoso en la explotación de sus recursos.
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El maestro y el discípulo
Mau Piailug ha transmitido a Nainoa Thompson (y también a sus hijos -imagen de la derecha-) los conocimientos tradicionales de navegación de los pueblos de Micronesia y Polinesia

La Hokulea es símbolo de un capítulo de la historia de la humanidad que la ciencia todavía no ha terminado de comprender. cómo el pueblo polinesio, todavía sumido en la Edad de Piedra, se lanzó a la conquista de la inmensidad azul del océano. Posiblemente fue la invención de la canoa de doble casco, el catamarán, la que lo hizo posible. En un lapso de pocas generaciones, los polinesios rastrearon una superficie que empequeñece incluso al imperio de Gengis Kan. en torno al año 400, sus navegantes llegaron por primera vez a Tahití; a partir del 700 aparecen rastros suyos en la remota isla de Pascua. Más o menos al mismo tiempo pudieron haber alcanzado Hawái, aunque la datación exacta de su colonización sigue generando controversia.

Los recién llegados traían mucho equipaje a bordo: cerdos, gallinas, bulbos de taro, ñame, árbol del pan… Los científicos han podido reconstruir la expansión polinesia a partir de los genes de estos animales y plantas domésticos.

Sin embargo, encontrar islas y atolones en los mares del Sur era solo un primer paso para estos descubridores. El verdadero reto era otro y aún mayor: sobrevivir en el aislamiento de las islas. Los recursos a disposición de los recién llegados solían ser muy escasos, sobre todo en los islotes más pequeños.

Los polinesios rastrearon una superficie que deja pequeño al imperio de Gengis Kan

Muchas cuestiones relativas al día a día de los polinesios siguen abiertas. Lo que ya nadie discute es que la navegación era su principal técnica de supervivencia. Del mar obtenían proteínas, en forma de peces y otros animales marinos. Pero, por encima de todo, el mar era la vía que permitía a la desperdigada comunidad polinesia mantener el contacto con su parentela en otras islas.

Viajes de ida y vuelta

Hoy por hoy se da por seguro que las rutas marítimas entre Hawái, Samoa y Tahití no eran en absoluto de un solo sentido. No solo llevaban a los descubridores hacia lo desconocido, proa al este: de allí también volvían embarcaciones cargadas con madera de sándalo, plumas, cerámicas o velas. Solo se conoce a medias el aspecto que debieron de tener las embarcaciones, así como las técnicas de las que se valían sus capitanes para encontrar las rutas que iban de una isla aislada en el océano a la siguiente. Los antropólogos solo cuentan con las informaciones aportadas por las personas que siguen viviendo en esas islas o con las descripciones de los descubridores europeos que llegaron a estos lugares en los siglos XVII y XVIII.

El británico James Cook, por ejemplo, se mostraba fascinado por el peculiar pueblo marinero que encontró en una de las islas que descubrió: «¿Cómo deberíamos relacionarnos con esta nación, que se ha propagado por la inmensidad del océano?», escribió, anonadado por semejante gesta. Y al holandés Jacob Le Maire le maravillaba que los nativos de Tonga navegasen con sus canoas tan rápido «que ningún buque en Holanda podría comparárseles».

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Civilización perdida
Todavía se investigan las causas de la misteriosa desaparición de la etnia rapa nui, los constructores de los moáis de la isla de Pascua

Pero lo que Cook y Le Maire llegaron a conocer era ya una cultura en declive. Los polinesios habían agotado los recursos en muchas de las islas más pequeñas. De los tiempos de los grandes viajes de descubrimiento solo quedaban las leyendas.

Los puestos avanzados polinesios en las islas Henderson y Pitcairn ya habían quedado abandonados para cuando llegaron los europeos. La isla de Pascua estaba totalmente deforestada, con lo que había desaparecido la materia prima para construir canoas. Sus habitantes vivían desconectados del mundo exterior. Los científicos siguen intentando reconstruir el ascenso y caída de los reinos insulares polinésicos.

La Polynesian Voyaging Society se fundó en Hawái en el año 1983. El objetivo era construir una canoa de doble casco, como las que podrían haber usado los antiguos habitantes de Hawái, basándose en dibujos y descripciones de la época. Una vez que la Hokulea estuvo lista, los fundadores de la Polynesian Voyaging Society empezaron a buscar al hombre capaz de pilotarla.

Lo encontraron en el diminuto atolón de Satawal, en la Micronesia. Mau Piailug era uno de los últimos lugareños que todavía dominaban el arte tradicional de la navegación. En el viaje de bautismo de la Hokulea, Piailug la llevó sin problemas desde Hawái hasta Tahití, separadas por una distancia de 4300 kilómetros. Nainoa Thompson, el actual navegante jefe de este catamarán retro, era uno de los aprendices de Piailug.

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Llegada triunfal
La nave se aproxima a la isla hawaiana de Oahu tras 75.000 kilómetros y tres años de travesía. Una multitud salió a recibir a los expedicionarios

El piloto micronesio le enseñó a Thompson cómo leer el mar sin brújula ni sextante. Pero surge una duda clave: ¿el navegante de Hawái, dueño de todos esos conocimientos milenarios que lo han ayudado a llevar a la Hokulea en su viaje alrededor del mundo, ha conseguido de verdad revivir el arte de sus antepasados? Ni siquiera él mismo puede decirlo con certeza. Thompson tiene muy presente que, por ejemplo, cuando calcula la distancia recorrida por la Hokulea en un día, lo hace recurriendo a las matemáticas. Pero los polinesios, un pueblo en la Edad de Piedra, no lo hacían así.

Su maestro Piailug no tuvo brújula, así que le tocó pasarse innumerables horas bajo las estrellas mientras su abuelo le iba explicando todo lo que había que saber de ellas. Thompson aprendió con métodos más rápidos: pasó alguna que otra noche tumbado en el suelo mientras las estrellas seguían su curso a cámara rápida, una y otra vez, sobre su cabeza. ¿El truco? Un amigo le dejaba quedarse en el planetario del Bishop Museum de Honolulú con el proyector funcionando toda la noche.


PARA SABER MÁS

Polynesian Voyaging Society