Seres necesitados de sangre para sobrevivir. Estos ‘dráculas’ han contado durante siglos con la credibilidad del folclore popular. Pero ¿han existido alguna vez? Ciertas enfermedades pueden tener la clave de su fama

Cadáver que sale de su tumba para succionar sangre humana. El vampiro, como personaje aristócrata y atormentado, nació en 1816. Ocurrió en Villa Diodati, junto al lago Ginebra, cuando unos amigos literatos -Lord Byron, Percy Shelley, su esposa Mary Shelley y el médico John Polidori- decidieron escribir historias para asustarse unos a otros. De aquella insólita competición surgieron dos de las mejores novelas de terror. Mary Shelley escribió Frankenstein, y Polidori, El vampiro, obra en cuyo protagonista, Lord Rutheven, ya se perfilaba el carácter de los vampiros posteriores, como el Drácula de Bram Stocker.

Ristra de ajos, cruces y estacas… La lista de remedios contra vampiros procede de creencias del siglo XII

La mitología vampírica es pues muy reciente. Pero todos estos autores bebieron de antiguas leyendas. En el siglo XII se empezó a hablar de seres que resucitaban para extraer sangre de los vivos. En esa época se les llamaba sanguisua y los cadáveres de los sospechosos se seguían exhumando y quemando. Aunque si algo disparó la creencia en ellos fueron las epidemias de enfermedades desconocidas que asolaron Europa del Este entre los siglos XVI y XVIII. Los afectados palidecían, sufrían fiebres y espasmos, y morían. Aunque no había señales de mordiscos, la histeria colectiva atribuyó estas muertes a los vampiros, un vocablo serbio que proviene del ruso upyr y que quiere decir absorber. Pronto hubo tumbas abiertas y la superstición popular completó la lista de remedios contra vampiros: ristras de ajos en el cuello, espadas en forma de cruz clavadas en las tumbas o estacas en el corazón.

Uno de los casos más documentados de vampirismo data del siglo XVIII. Fue recopilado en 1732 por Johannes Fluckinger, un sargento austriaco enviado por el emperador al lugar de los hechos. Se trata de la historia de Paul Arnold, un serbio nacido en 1700 en la localidad de Medvegia que contó haber sido mordido por un vampiro y haberse convertido en uno de ellos. Nadie le creyó, pero al cabo murió de forma accidental y, para colmo, muchos de sus vecinos aseguraban que se les aparecía. Tras 40 días su cuerpo fue exhumado y hallado incorrupto. Es más, al cortarle la cabeza brotó de ella un chorro de sangre. El cadáver fue quemado, pero años después 17 personas murieron en el pueblo con síntomas de vampirismo. La conclusión fue que Arnold había contagiado a sus paisanos antes de ser destruido. Pronto se escribieron libros para clasificar el modus operandi de los vampiros. El más célebre es el Tratado sobre los vampiros (1746) -editorial Mondadori- de Augustin Calmet, un benedictino que apuntaba algunas explicaciones racionales, aunque también dejaba abierta la puerta a lo sobrenatural.

Escena de la película "Drácula" Género: terror Año:

Fotograma de la película “Drácula”

Desde entonces los intentos por hallar una causa científica a esas muertes, así como a la existencia de cuerpos incorruptos hinchados de sangre sin coagular e incluso removidos en sus ataúdes, no han cesado. La clave de este último punto podrían tenerla, según algunos investigadores, enfermedades como la catalepsia o las encefalitis agudas. Estos males producen estados de muerte aparente y dejan las funciones vitales a un nivel mínimo, con lo que algunas personas habrían sido enterradas vivas; mientras que gripes tóxicas podrían ser las causas de los decesos inexplicables.

Otros científicos han atribuido el fenómeno a virus desconocidos como el carbunco, descubierto en 1849, y cuyos síntomas son similares a las muertes atribuidas al vampirismo: fiebre altísima, convulsiones, trastornos cardiorrespiratorios, sed desmesurada y alucinaciones. Aunque las hipótesis más recientes se inclinan por la rabia y por la porfiria, una enfermedad de la sangre que convierte a sus víctimas en seres similares externamente al pavoroso retrato que Stocker hace de su conde Drácula.

En la actualidad, nuevas sagas vampíricas llevadas a la pantalla, como la de Anne Rice o el último Drácula de Coppola siguen despertando interés en un público fascinado por estos seres con una inagotable sed de sangre.

Algunas pistas falsas

A. Excomulgados. En el siglo XVII las muertes adjudicadas a los vampiros eran tantas que la Iglesia dijo que todo excomulgado podía convertirse en uno de ellos. Opinión que corrigió luego diciendo que, si bien los excomulgados podían quedar incorruptos por mediación del maligno, no tenían por qué estar sujetos a una resurrección vampírica.

b. Anemia. En 1784, el médico húngaro George Tallar sugirió una hipótesis sobre la patología padecida por las personas supuestamente atacadas por vampiros. Se trataba de una anemia provocada por los ayunos impuestos por la iglesia ortodoxa. Válida para explicar la enfermedad, su teoría no aclaraba el estado de los cuerpos incorruptos.

c. Casos psicopáticos. Desde hace siglos han existido seres que se autoproclaman vampiros o que actúan como tales. Muchos de ellos han resultado ser asesinos en serie, como la condesa húngara Elizabeth Bathory (1560-1614), que mató a numerosas vírgenes para bañarse en su sangre en la creencia de que así se mantendría eternamente joven.

TRES HIPÓTESIS

1. Carbunco. Descubierto en 1849, el bacilo Anthracis (conocido como ántrax) puede hallarse en el ganado lanar y vacuno. La población pudo contraer esta enfermedad al comer los cadáveres de animales durante las hambrunas de los siglos XVII y XVIII. Sus síntomas son similares a los manifestados en las muertes achacadas a los vampiros. Cuando la enfermedad se hace crítica, la falta de oxígeno puede hacer que el enfermo sufra la alucinación de estar siendo estrangulado por un ser invisible. Pero la teoría deja sin explicar los cuerpos incorruptos.

2. Rabia. Según el doctor español J. Gómez Alonso, esta enfermedad presenta rasgos comunes con el vampirismo: transmisión por mordeduras, comportamiento maniaco y errante y espasmos. Sus características principales, agresividad, trastornos del sueño (duermen durante el día y salen por la noche) e hiperactividad sexual, coinciden con la mitología vampírica. Pero no existe ningún testimonio de los siglos XVI y XVII en que se constate que los enfermos hubieran sido mordidos, circunstancia indispensable para contraer la rabia.

3. Porfíria. En 1985 el doctor David Dolphin defendió la tesis de que la porfiria, patología hereditaria y muy rara, debía relacionarse con el vampirismo. Esta enfermedad impide la producción de glóbulos rojos. Sus víctimas no soportan la luz solar que les provoca la destrucción de hemoglobina y fuertes hemorragias. Suelen tener los ojos inyectados en sangre, sus labios se retraen y las encías se encogen dejando de manifiesto una despigmentación de los dientes, que adquieren una tonalidad rojiza y se vuelven muy afilados, sobre todo los colmillos. El mejor remedio contra este mal son las transfusiones de sangre.

UNA PRUEBA

La hipótesis más plausible es la que atribuye la figura del vampiro al folclore popular. La creencia universal en las propiedades sobrenaturales de la sangre la ha hecho objeto de numerosos rituales de magia. Además, babilonios, asirios y egipcios convivían con espíritus maléficos y momias que volvían del más allá para dañar a los vivos. Los romanos llamaban a estos seres stryx. Y los griegos vrykolakas. También se creía en las lamias, seres femeninos que vivían en los cementerios alimentándose de carne corrupta. Del conjunto de estas supersticiones surgió, poco a poco, la figura del vampiro moderno. Un personaje que para Sigmund Freud sería producto de la fantasía humana y su fascinación por la muerte, al tiempo que refleja los deseos sexuales sádicos reprimidos.

5 PREGUNTAS CLAVE

¿Ahuyenta el ajo a los vampiros?
Su uso podría tener una base científica. La alicina que contienen los ajos posee un efecto vasodilatador que podría provocar en un vampiro una hemorragia incompatible con su existencia. Curiosamente, el olor a ajo puede provocar en los enfermos de porfiria un agravamiento de su enfermedad.
¿Por qué se asocian a los murcíelagos?
En 1765, en un libro de historia natural del francés Georges Louis Leclerc de Buffon, se clasificó a un murciélago del Nuevo Mundo recién descubierto, que bebía sangre animal y humana, con el nombre de vampiro.
¿Por qué se les mataba con una estaca?
Por la ancestral tradición de enterrar a los suicidas, criminales y brujos con estacas clavadas en el corazón en la creencia de que así quedaban atados a la tierra de la que no debían salir.
¿Por qué se les cortaba la cabeza?
La decapitación ritual está relacionada con la creencia prehistórica de que la cabeza es sede de la fuerza espiritual. Durante las supuestas epidemias vampíricas se pensaba que al desaparecer la cabeza se destruía al vampiro.
¿Hay clases entre los vampiros?
A finales del siglo XVII se los dividía en tres grupos: los involuntarios, nacidos de vampiros o personas mordidas por ellos, los muertos que dejaban algún deber en esta vida, y los marginales, capaces de adoptar forma animal.