Entre abril y junio de 1994, Ruanda vivió una ‘orgía’ de sangre y machetes. En apenas cien días, 800.000 personas, la mayoría de etnia tutsi, fueron asesinadas por el régimen dictatorial hutu. Veinte años después, víctimas y verdugos de aquella masacre dan la cara. Por Nacho Carretero

Preguntarle a alguien en Ruanda si es hutu o tutsi es una grosería. Las identidades hutu y tutsi tienen miles de años en el país africano, pero hoy son tabú. Un tabú tan grande que quien hace bandera de su grupo étnico termina en la cárcel. Porque esta división provocó en 1994 una lucha genocida que, según las cifras más benévolas, dejó 800.000 muertos.

Antes del hombre blanco

No pocos antropólogos sostienen que la humanidad echó a andar en la región que ocupa Ruanda, un país montañoso en la región de los Grandes Lagos. Los pigmeos eran sus habitantes originarios y pronto recibieron la visita de otros dos pueblos: los hutus, agricultores llegados de la zona del Congo, y los tutsis, ganaderos de Etiopía. Estos últimos, propietarios de las vacas, se enriquecieron y, a pesar de ser minoría (14 por ciento frente a un 85 por ciento de hutus), se erigieron en una élite que controlaba el país de forma feudal, con los hutus como vasallos. Se forjaron dos castas que convivieron de forma más o menos pacífica hasta la época colonial.

Y llegan los colonos europeos

En 1897, Alemania llega a la región y más tarde Bélgica toma el control del territorio. Basándose en las teorías raciales de la época, diferencia étnicamente a los dos grupos y hace figurar esa condición en los documentos de identidad. Los belgas se alían, claro, con los tutsis, que tienen el poder. La sumisión hutu dura hasta 1959, cuando se sublevan, toman el control y declaran la independencia de Ruanda. Cientos de miles de tutsis huyen, millares son asesinados y los que se quedan sufren persecuciones. Para muchos, aquí comienza el verdadero genocidio.

Uganda entra en juego

La mayoría de aquellos tutsis huidos se refugian en Uganda y se integran en su ejército, donde se adiestran y preparan durante décadas. Allí fundan el Frente Patriótico Ruandés (FPR) y en 1990, encabezados por un joven Paul Kagame, regresan a Ruanda desafiando al Gobierno hutu.

Aterrorizado, el Gobierno -liderado por Juvénal Habyarimana- comienza una agresiva campaña de propaganda con una macabra idea: o asesinamos a los tutsis o acaban con nosotros. Habyarimana recibe la ayuda de Francia, que le entrega armas y lo ayuda a entrenar a las milicias que después llevarán a cabo el genocidio: las terribles Interahamwe. Francia no quiere que el FPR procedente de Uganda -anglófona- se haga con la Ruanda hutu y francófona. Por eso frena al FPR hasta que en 1993 se acuerda negociar la paz. El proceso dura un año y es una farsa que se salta por los aires el 6 de abril de 1994, cuando el avión de Habyarimana es derribado en un atentado. Los dos bandos se culpan mutuamente. Y arranca el horror.

El mundo contempla impasible la matanza

Encabezados por las milicias y envenenados por la propaganda, miles de hutus salen a la caza de tutsis para vengarse. Ruanda se cubre de cadáveres. Cada hora, 333 personas mueren -la mayoría, a machetazos-, pero la ONU mira hacia otro lado y se niega a enviar tropas. La violencia se instala en el país, con miles de mujeres violadas, niños asesinados y hombres mutilados. Es uno de los episodios más terribles del siglo XX. Y el mundo lo mira impasible.

En julio de 1994, el FPR se impone y la guerra termina. Dos millones de hutus huyen a los campos de refugiados del Congo, causando una nueva catástrofe humanitaria.

Liderada por Kagame, Ruanda establece un plan de reconciliación basado en gacacas, juicios populares en los que los vecinos pueden resolver sus diferencias con penas fijadas por la ley. También se castigan las venganzas y se abolen las identidades hutu y tutsi. La convivencia pacífica regresa en lo que parece un éxito del proceso de reconciliación. Lo es, pero detrás está la mano dura, terriblemente opresora, del actual Gobierno de Paul Kagame.